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Un vídeo siniestro

Supongo que los profesores que esta semana secundaron la huelga de la enseñanza pública tenían sus motivos. Seguro que ninguno era tan poderoso como para convertir a un niño en un arma de propaganda.

Cuando aparecen los niños la protesta se convierte en mendicidad. Como se preguntaba –y se respondía- Hughes en un memorable artículo, “¿Quién nos cuenta que tiene niños? ¡Los mendigos!”. Hace tiempo que se extinguieron los cantautores protestas, esos pelmas que en un inevitable salto evolutivo fueron precursores de aquellos pelmas que tocaban la guitarra en misa. Incluso antes que los cantautores-protesta ya ejercían los niños-protesta, muñequitos de ventriloquía que animan una barbaridad las manifestaciones, ya sean contra el aborto, a favor de la independencia de Cataluña, contra la OTAN o contra la enésima reforma educativa.

Cuando hay huelga en la escuela brotan con especial virulencia los niños-protesta. Porque hay profesores sin alma que les hacen creerse que los huelguistas son ellos, los estudiantes, cuando no es así. La huelga es un derecho de los trabajadores y un escolar no lo es. Esta semana hemos visto niños-protesta con las caras pintadas, en reivindicativo corro de la patata, cantando consignas frente a las cámaras, disfrazados de enragé en un grimoso Lluvia de Estrellas sindicalista. A media tarde llegué a un vídeo impúdico por un tuit de Íñigo Errejón. Fue subido a Youtube en 2013 pero él lo compartió ayer. Qué más da, todo es bueno para el convento. Él elogia el vídeo, claro. Para Errejón no hay un solo resquicio de nuestra vida que no sea susceptible de ser politizado y esos cinco minutos de grabación son la expresión más pura de la politización.

La pieza la grabaron en un colegio de Teruel y a los pocos frames el espectador se da cuenta de que exigió algunos días de trabajo. Es una coreografía infantil con la que los profesores exponen sus reivindicaciones utilizando a los niños como megáfono. Es imposible tomarse en serio a unos tipos que te explican su modelo educativo, no con los serenos argumentos de un adulto, sino con un rapeado de voces agudas. El vídeo tiene esa discordancia estética tan siniestra que resulta de mezclar la gravedad y la ingenuidad. Los niños esperan su turno para rapear las consignas aprendidas. Sus caras son de una bendita inconsciencia. Y eso es lo más siniestro. Están jugando y no saben a qué.

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