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Una camisa arrugada

Foto: Jeremy Bishop | Unsplash

Se enamoró de tu camisa de hombre, azul, del color del mar en el que tres, cuatro años después os bañaríais juntos. Te quedaba grande, estaba arrugada y la llevabas semiabierta. Mirabas fijamente a la cámara, con una media sonrisa, y a él le pareció que lo estabas fusilando. Tardarías un poco más en hacerlo de verdad. Durante ese tiempo él supo que te gustaba bailar y que el vino te dejaba medio así. Te gustaba cenar por la mañana y desayunar por la noche. Despertar en una cama grande, sola, y que la nevera no funcionara. A él le gustaban tus besos.

—¿Te han dicho alguna vez que besas muy bien? Hay quienes dan besos por castigo. Otros (otras) ponen cara de asco. Otras los dan al aire y evitan el contacto —él quería saber cómo de bien lo sabías hacer más allá de la mejilla.

Tú no tenías claro si los besos se daban en la mejilla y se plantaban en la boca, o era al revés: se plantaban en la mejilla y se daban en la boca. Te lo plantó, o te lo dio, después de que lo hubieras mirado peligrosamente, delante de un café primero, de unas cervezas después. Una mirada entre cariñosa y salvaje. Esas que no se pueden defender. Fue un primer encuentro selvático. Llevabas camisa cuando lo montaste por primera vez, y él no te la quitó.

Un día vas a conseguir que haga una locura —te dijo, sin que tú lo creyeras.

Hablabais aunque estuvierais en silencio. Y si no os salían las palabras, os cogíais fuerte de la mano para entenderos. Os dabais mimos salvajes. A él le gustaba fijarse en que el pelo te hacía curva al retirarte el flequillo. Distinguía algunas canas y se te despejaba la mirada. Te recogías el pelo para que la curva de tu nuca quedara libre y él te la pudiera morder. Salías de la ducha con el pelo mojado y te volvían los rizos.

Dormíais acoplados, sin moveros. Una mañana te levantaste al baño mientras él se vestía de comercial. Estabas tan dormida que no te diste cuenta de que el camisón se te había quedado enganchado en la cintura. Ibas de negro, el color de la incertidumbre. Porque “con algunas mujeres solo hay incertidumbre”, escribe Salter. Ahora él lee un Salter cada verano. “No se puede conocer a alguien todo el tiempo, sus pensamientos, sobre los cuales más vale no preguntar”. Lo mismo debías de pensar tú de él, tan críptico, tan torpe.

En aquella última llamada le dijiste “hola” con una voz que no era tuya. Una lavadora puesta a destiempo te impedía salir. De repente todo fueron certezas. Nunca os supisteis decir “te quiero”. Pero él, como el personaje de un cuento de Salter, nunca se habría cansado de ti: “Podría haberme deleitado contigo eternamente. Tú eras la elegida”. Cuando todo había acabado, él te escribió: “Nosotros sí podemos decir que sabemos lo que es el amor”. En eso también estaba equivocado.

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