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Una campaña sin fin

El creciente multipartidismo ha inaugurado en la política española una nueva etapa de futuro incierto. Pero ignorar hacia dónde nos dirigimos en esta crisis de la mediana edad de nuestro sistema democrático, no significa que necesariamente vayamos a peor. La política, en el fondo, es la industria de lo contingente. Aunque los políticos nos quieran hacer creer otra cosa, siempre miraremos al horizonte con incertidumbre. Una de las principales consecuencias de todo esto son los continuos embates de lo que parece ser una campaña electoral perpetua. Un proceso dominado por un moralismo extremo, que se asienta en discursos excluyentes y que dificultará los pactos después del 28 de abril. Porque esta fase de los muchos partidos tiene su propia ley de la conservación: la campaña ni se crea ni se destruye, solamente se transforma.

La competencia siempre estimula una polarización que alimenta los contornos de un nosotros partisano, para que éste pueda llegar a ser hegemónico dentro de su campo ideológico. Entre las acusaciones altisonantes y las gramáticas de batalla cultural, los partidos políticos han generado una confrontación electoral constante que ha embarrado la vida pública en una lucha que se presenta entre el Bien y el Mal. En ocasiones, parece que estas mayúsculas maniqueas incluso se quedan cortas. Y es que saben que los votantes somos más variables y caprichosos de lo que muestran los modelos demoscópicos. Los partidos prefieren creer que el único voto útil es aquel que suma a su favor. Las redes sociales, además, son aprovechadas para amplificar el eco de las trincheras y la confirmación en las convicciones ya confesadas. Quizá algunos de estos mensajes puedan llegar a conquistar a algún indeciso que se vea obligado a decidir entre las dicotomías establecidas.

¿De verdad alguien cree que se podrá mantener esta retórica de órdago sin fin, nutrida de agravios, desconfianzas y frustraciones, tras los comicios de primavera? Pensemos en el más que probable escenario post-electoral. La fragmentación no es sinónimo de polarización, pero el bloqueo y la inestebilidad llaman a la puerta. Sabemos que cualquier sociedad moderna está atravesada por múltiples líneas de fractura normativas. Es lógico, sensato y saludable. El reto principal se encontrará en cómo podremos gestionar estas fisuras socio-políticas después de las elecciones. Si la dinámica parlamentaria se convierte en la extensión de la campaña por otros medios, no tendremos demasiadas soluciones a nuestra disposición. No se deberían usar las banderas contra los rivales políticos, ya sean rojigualdas, moradas o arco iris. Tampoco, por ejemplo, los “presupuestos más sociales de la historia”. Porque lo importante no es el qué, sino el cómo. O recordar aquello de la paja, la viga y los ojos (ajenos y propios).

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