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Una cápsula de felicidad

Foto: EMILIO MORENATTI | AP

Habíamos ido a pasar unos días cerca del faro de Trafalgar. Un amigo nos prestaba su casa –esos son los amigos que hay que conservar, me dijo una amiga cuando supo dónde pasaría el puente de mayo–, mi novio nunca había estado en el sur y yo quería tener un recuerdo encapsulado de una cierta felicidad a la que volver de vez en cuando ahora que mi baja de maternidad se ha acabado. Algo así como un lugar seguro en el cerebro en el que refugiarme de la rutina del estrés de llegar tarde y mal, en el mejor de los casos, al colegio, al trabajo, a las lecturas, a las películas o al picnic de cumpleaños de mi hija mayor. Yo había estado en el sur pero no en Cádiz. Anunciar nuestra escapada familiar me convirtió en una criatura de pronto adorada, envidiada y admirada entre las madres del colegio. Las que conocían la zona me recomendaban playas que visitar. Todas se despedían de mí con sinceros “¡disfruta!” a la puerta del colegio.

Ahora que he vuelto, lo entiendo todo. Comimos atún fresco –era la feria del atún en Barbate– y era “mantequilla pura”, como me dijo el amigo que nos prestó la casa. Comimos pescaditos fritos y ortiguillas y sardinas asadas y tortillitas de camarones y carne mechada. Mi novio probó la manzanilla. Visitamos Vejer: subimos hasta el castillo y bajamos hasta la plaza llena de naranjos y con una fuente en medio. Compramos una sombrilla para pasar la tarde en la playa del Palmar. Nos hicimos con un botín pirata de conchas y piedras maravillosas. Fuimos hasta Bolonia, donde están las ruinas de una ciudad romana –Baelo Claudia– y una duna. Mientras paseábamos por los restos de la ciudad, no dejaba de repetir el chiste de los Monty Python de La vida de Brian: ¿qué han hecho los romanos por nosotros? El alcantarillado podía verse en Baelo Claudia. Paseaba entre las piedras y el romero que crecía por ahí salvaje y dándole aroma a todo el conjunto mientras el sol se sentaba en mis hombros sin yo saberlo. Al fondo estaba el mar azul y verde, con las palmeras y la arena parecía un paisaje pintado. Entendí que si uno llegaba a ese lugar, lo mínimo era fundar una ciudad. Aunque solo fuera para descubrir si de verdad era real. Nos bañamos en el mar y me pareció que el agua tenía una temperatura agradable. Los niños se rebozaban en la arena que el viento levantaba de vez en cuando.

Estuvimos en la playa de la Hierbabuena, “esa es para ir por la mañana”, me había dicho mi amigo, y obedecimos. La arena era blanca, y el bosque casi llegaba hasta la playa. Miraba el mar en el horizonte y la montaña escarpada que cerraba la playa. Le dije a mi novio que me alegraba de no vivir ahí: este paisaje no despierta en mí ningún pensamiento que no sea cursi o un lugar común.

Puede que en realidad viajara hasta allí para eso, para que el cerebro parara. Ya tenía mi cápsula en la que refugiarme. Si me esfuerzo hasta puedo oler la sal.

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