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Una lengua extraña

Foto: ESAM OMRAN AL-FETORI | Reuters

“Fijaos bien, ahora nos vamos a adentrar en el pasado y la arqueología nos permitirá separar las distintas capas de la Historia”, les dije a mis hijos poco antes de bajar al subsuelo de la basílica de San Clemente. “Hablas una lengua extraña –me replicó María–. Cuando la utilizas no te entiendo”. Sonreí con  torpeza, como suelo hacer en estos casos, y dejé que fuesen a corretear por la arquitectura laberíntica del edificio. Me hubiera gustado explicarles el sustrato paleocristiano de aquel conjunto arqueológico, pero ellos son niños y los niños conciben la vida como una aventura. Ahogado por la humedad, un piso más abajo se encuentra el famoso mitreo, con su altar dedicado a la divinidad persa Mitra. “¿Por qué la figura mata a un toro?”, me preguntó Javier, y tuve que reconocer que lo ignoraba todo sobre el mito, pero que al llegar a casa lo investigaríamos. “Aquí solo hay piedras y las piedras hablan y callan a la vez –añadí–, ¿no os parece?”. “No lo sé”, me contestaron los dos. Querían continuar la visita, así que miré por última vez la pequeña habitación en la que durante siglos se celebraron cultos iniciáticos. “¡Recordad su nombre –les encomendé–: Mitra!”, un nombre que, en realidad ya no significa nada para nosotros: nada concreto, quiero decir. Gregorio Magno, en sus Moralia, observó que “así como la muerte deja sin vida lo que alcanza, así también el olvido deja sin memoria lo que toca”. Curiosamente, pensé, todos somos hijos de este olvido: no por borrar las huellas del pasado nos deshacemos de su influencia.

Unos minutos después salimos a la luz de la calle. Se agradecía el aire cálido. Disponíamos todavía de media hora para visitar el monasterio de los Cuatro Santos Coronados y su bello oratorio dedicado a San Silvestre, pero las monjas estaban cantando la Hora Sexta y no se podía acceder a los frescos de la Donación de Constantino. Está bien que así sea. A veces llegamos tarde a un lugar y otras carecemos de respuesta a las preguntas que nos plantean. Me hubiera gustado explicárselo a mis hijos; sin embargo, no lo hice: no quería que me oyeran de nuevo usar una lengua extraña. Prefiero dejarlo aquí escrito, en un cuaderno, mientras duermen. Quizá algún día lean estas líneas que intentan preservar un rastro de memoria, en ese lugar del olvido que es el tiempo. Y quizás entonces entiendan también que cualquier lengua extraña es hija del asombro, pues somos palimpsestos de la Historia, palabras escritas sobre palabras antiguas, herencia viva de aquello que ya no sabemos leer. Nadie puede borrar este asombro ni negarle su imperfecta gramática. Este es un privilegio de la condición humana.

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