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Una mala novela

“Estos detenidos decían actuar en nombre de su causa, esa que, nos dicen, solo puede ser no violenta y pacífica, à la catalana. Hablar de "ciudadanos comprometidos" y de "represión", o de conspiraciones judiciales y políticas como han hecho Torra y otros es irresponsable”

Foto: Enric Fontcuberta | EFE

En las malas novelas, los narradores suelen abusar a la hora de explicar al personaje más allá de sus hechos, que son los que deberían ir describiendo a cada uno a lo largo de la historia. A menudo, estas explicaciones son redundantes e innecesarias. E incluso contradictorias, y a no ser que el narrador busque intencionadamente que sospechemos de él –como, entre otros, Nabokov solía buscar– esta divergencia suele ser síntoma inequívoco de fracaso narrativo. Pero esto ocurre también –sobre todo– en la vida real: pocas veces la imagen que tenemos de nosotros mismos se corresponde con todos y cada uno de nuestros hechos cotidianos. No somos mezquinos, pero podemos cometer mezquindades. Si no, no habría habido que inventar las instituciones correctoras y punitivas, ni habríamos sentido la necesidad del perdón, ni hablaríamos de redención o de expiación. Somos seres imperfectos, presa de nuestras contradicciones e impulsos atávicos. Por eso, la sana sospecha hacia uno mismo es clave de bóveda de la convivencia, o síntoma de civilización.

No descubro nada nuevo, y en alguna otra ocasión he escrito aquí sobre ello. Por eso sorprende la reacción de la dirigencia independentista –y de parte de los comunes– ante las detenciones de unos militantes de los autodenominados Comités de Defensa de la República (CDR). Según se ha sabido, la investigación se remonta a hace más de un año, y obran en poder de la justicia conversaciones entre estos militantes en las que queda patente su intención de llevar a cabo sabotajes en fechas cercanas a la conmemoración del 1-O y la sentencia del Tribunal Supremo sobre los líderes del procés. En poder de los detenidos –que lo han sido en base a los mismos protocolos que operan en el resto del país ante la planificación de este tipo de delitos– había productos químicos y materiales con los que fabricar explosivos. A uno de ellos, según se ha filtrado, ya se le había quemado la cocina en alguna de las pruebas.

Esto es: los hechos parecen incontestables, y un juez dictará algún día sentencia. Pero se califiquen de terrorismo, de sabotaje o de cualquier otra forma, nos ponen ante la realidad de una violencia potencial que niega o puede llegar a negar lo que el narrador nos está contando sobre esos hechos y sobre la novela procesista en general. Porque el movimiento independentista será pacífico y no violento mientras lo sea –y tampoco parece esto algo de lo que presumir ni por lo que dar las gracias–. En su aparente tautología, no hay más verdad que esa, y deberían ser los propios líderes de ese movimiento los que con más contundencia se separaran de estos conatos de guerrilla urbana. Porque estos detenidos decían actuar en nombre de su causa, esa que, nos dicen, solo puede ser no violenta y pacífica, à la catalana. Hablar de “ciudadanos comprometidos” y de “represión”, o de conspiraciones judiciales y políticas como han hecho Torra y otros es irresponsable, una huida hacia adelante para no asumir la realidad ni hacerse cargo de la frustración generada. Como las personas, los movimientos, sin ser mezquinos, pueden producir mezquindades. Esto es: à la catalana, como a la andaluza o a la vasca o a la valenciana, también puede haber violencia. Que cada uno se haga cargo de sus detritus, sin buscar falsos culpables.

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