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Una mujer llamada Patricia

Llevamos muchos días siendo el epicentro de pancartas, medidas políticas, promesas de felicidad, nubes de colores… un “estamos hartas” que se ha repetido como un mantra que ha llenado cada esquina del país. Sigo furiosa por la imperiosa labor no reconocida de las mujeres. Y con esa especie de alegría, enfado inconformista, nos saltan los mensajes de que un niño de 8 años ha desaparecido. Otro. Otra vez. Sin recuperarnos de esta gran marea, de repente hoy todas hemos visto como la mirada de Patricia hablando de Gabriel, su pequeño gran valiente, nos cortaba la voz.

Y lo he unido todo. Las manifestaciones, los 6 millones de mujeres, la asesina confesa, la abuela que no se tiene en pie… y vuelvo a ella, a una madre que pedía entre lágrimas, con una voz que casi no lo era, que el bien tiene que prevalecer. Se apretaba la ropa como tapando una herida y por encima de su dolor, esa sonrisa. Sostenía al padre del niño con una ternura y complicidad que cualquier comentario sobraba. Se han despedido de él sabiendo que era lo mejor que habían hecho juntos.

Que su hijo no ha muerto en vano. Que ha removido cada una de las entrañas de todos: periodistas, policías, vecinos, políticos… todos mordiéndose los labios intentando aguantar las lágrimas. Y vuelvo a pensar en ella. Y mi lavadora centrifugando sentimientos, mezcla los colores con la ropa blanca sin poder evitarlo. No para de darme vueltas y no puedo pararla. Y pienso en todas y todos esos voluntarios batiendo el campo durante días y horas agotadoras. Unidos. Y pienso en todas las que pedíamos que cesara la violencia de género. Y una, la peor versión de una mujer, tenía ya pensado un plan macabro. Y al lado, Patricia.

Ella ha demostrado ser la gran mujer a la que todas debemos aspirar. Esa que no permite que se imponga la rabia. Esa letanía dolorosa que no ha parado de repetir. Que por encima de todo está la gente buena. Toda la que ella ha reunido. Ha puesto de acuerdo a los de un lado y a los del otro. Ha evitado especular. Ha llenado España de peces. No se ha desesperado, no ha dejado de llorar y sonreír.

Y tenía al lado a su mayor enemiga. Y saberlo, pensarlo, ver esa templanza es la foto perfecta de una sociedad sana frente a quienes se empeñan en que no lo sea. Resistir esos tres días eternos sabiendo por dentro todo y no sacando nada, ha tenido que ser un calvario. Para ella y para todos. Y hablo de ella porque soy mujer y madre. Y porque hoy llorábamos todas. Y que nadie me diga que no tiene nada que ver una cosa con la otra. Porque sí. Porque si nosotras intentamos cambiar el mundo del 8 de marzo, ella le ha dado la vuelta hoy abanderando la fuerza imparable y eterna de la generosidad y la bondad sin límite. Esas grandes virtudes. Femeninas también.

Porque ser mujer, madre, siempre ha sido un reto. Una pelea por la que tenemos que estar ahí. Es reclamar lo que es justo. Sin duda. Faltaría más. Pero hay gestos y horas cruciales en las que el ejemplo mudo ensordece. No deja lugar a réplicas que suenan baratas.

El grito de Patricia ha sido esa guerra desde el principio de los tiempos entre el bien y el mal. Esas batallas de tantas madres. De tantas mujeres que les han partido el cuerpo, el corazón y que como pueden se vuelven a levantar y enseñan que hay muchas que son capaces de aislarnos de lo terrenal, de la bronca estéril y quitarnos todas las estupideces con una mirada.

Ella, una mujer llamada Patricia, enfrentada al realismo de ese diabólico tsunami que le ha llevado a pasar doce días con esperanza y al mismo tiempo, una mujer encogida de hombros como si se prepara para llevar la peor mochila de su vida. Esa última caricia al ataúd blanco. Sin culpar a nadie, sin rencor, ha puesto a todo un país a pensar cómo debemos ser. Y eso, lo ha conseguido una mujer.

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