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Una nueva centralidad (más a la izquierda)

Foto: PHIL NOBLE | Reuters

El semanario The Economist y el diario Financial Times son dos publicaciones británicas de cabecera para los liberales, también en España. En esto hay incluso consenso entre las distintas familias –muchas de ellas, contradictorias entre sí– que se autocalifican como tales. Las leen tanto los liberales más cercanos a la acepción norteamericana –centro-izquierda– como los neoliberales más dogmáticos del laissez-faire. Sin embargo, es llamativo el contraste entre las lecturas del mundo que se hacen desde el liberalismo anglosajón y el nuestro.

Hace unos días, y para celebrar su 175 aniversario, The Economist publicó ‘Reinventing liberalism for the 21 st century’, un largo análisis de los orígenes, presente y porvenir del liberalismo. Empezaba por matizar lo difícil que es proponer una definición de dicha forma de mirar la realidad, pero sí mencionaban ideas básicas como el respeto de la libertad individual y la propiedad, o la deseabilidad de un Gobierno limitado no sujeto a ninguna clase de utopía. Y, por supuesto, había un elogio de la moderación, el respeto al Estado de derecho y el pluralismo. “En cualquiera de sus formas, el liberalismo está siendo atacado”, alertaba el editorial en sus primeras líneas.

El semanario hacía una autocrítica considerable, y concluía con la necesidad de combatir la desigualdad con subidas de impuestos. Además, abogaba por la reintroducción de gravámenes al patrimonio y sucesiones, por considerar que sin tasas se alimenta una injusticia moralmente indefendible y socialmente insostenible. Hace unos años, y en la misma línea, el jefe de Economía del Financial Times, el liberal Martin Wolf, otrora defensor de Thatcher y Reagan, escribía que sus tesis actuales tras la crisis de 2008 le acercaban a sus “actitudes de hace 45 años”, cuando era un laborista clásico.

The Economist y firmas importantes del Financial Times defienden, grosso modo, una vuelta a preceptos clásicos de la socialdemocracia: impuestos progresivos, especial atención a nuevas formas de fiscalidad del capital, redistribución y Estado de bienestar. Y, en este contexto, no es extraño que el Partido Laborista, que hace menos de tres lustros apadrinaba la Tercera Vía liberal, haya presentado en su congreso anual en Liverpool un programa tan ambicioso en material económica y social. Aquí suena izquierdista, pero allí, si nos vamos a las biblias liberales, no están tan lejos de la centralidad y la vanguardia.

Si el anticipador anglosajón funciona como otras veces, en unos años estaremos en España defendiendo subidas de impuestos al capital y a las rentas más altas. Consideraremos también la renacionalización de determinados sectores estratégicos. Pensaremos que la desigualdad tras los años de la Tercera Vía es uno de los padres del populismo reaccionario, del nacionalismo brexiter y de la antipolítica ultra. Sospecharemos que el desequilibrio de poder entre empresarios y trabajadores en grandes grupos puede ser económicamente rentable pero social y políticamente peligroso. Y llegaremos a la conclusión anglosajona de que la nueva centralidad está más a la izquierda y es más intervencionista que el paradigma habitual de los últimos 25 años.

Pero eso será en un par de décadas, como de costumbre. Mientras, aquí, las publicaciones autocalificadas de liberales titulan “Un Gobierno que da asco y que nos puede arruinar” cuando critican anuncios de subidas fiscales. Y los partidos contrarios a aumentar impuestos a las rentas más altas o en sociedades hablan de “meter la mano en el bolsillo de los españoles”. Es cuestión de tiempo y de que sigan leyendo sus referentes de la prensa liberal. Paciencia.

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