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Una oda al progreso antes de rendirnos

En el memorable comienzo del primer capítulo de The Knick (que recrea la vida de un hospital en Nueva York en 1900), el doctor Thackery habla en el funeral de su mentor, que acaba de suicidarse tras el enésimo fracaso en su intento por practicar con éxito una cesárea. Ante una audiencia deprimida de familiares y amigos dolientes, el cirujano pronuncia una inesperada oda al progreso: “Vivimos en un tiempo de infinitas posibilidades, se ha aprendido más sobre el tratamiento del cuerpo humano en los últimos cinco años que en los últimos 500. Algunos túneles se caerán, algunas presas serán anegadas. Nuestros corazones se pararán, pero nosotros, los humanos, lucharemos por unos latidos más en la batalla antes de rendirnos”.

He recordado su discurso (que me es difícil olvidar desde que lo escuché) al leer la noticia que ilustra la fotografía, y que dice que “una nueva vacuna deja la leucemia en remisión durante una media de cinco años”. Uno de mis hermanos lleva la médula del otro, y si algo aprendí en esos años duros fue que cualquier noticia científica daba esperanzas, pero nunca eran titulares, y que todo caso de cura subía el ánimo. El progresó no sólo me lo contaron, lo viví. Entre el primer trasplante (fallido) y el segundo (exitoso), en el lapso de apenas dos años, una nueva técnica se puso en práctica y le salvó la mida a mi hermano, y por tanto a mí. El progreso, en mi caso, no llegó tarde. Y es que sólo desde el solipsismo se puede ignorar que vivimos en el mejor momento de la historia para que nos ocurra cualquier desgracia o para un dolor de muelas.

Echo en falta, en cambio, doctores Thackery en los medios, en la política, en cualquier tribuna pública que nos lo recuerde con entusiasmo y convicción. Quizá esa carencia es parte de nuestro desconcierto e incertidumbre pese a un progreso que existe, que salva y mejora vidas. Gracias, en muchos casos, a gente obsesiva como nuestro cirujano (inspirado  en William Halsted, pionero en utilizar guantes de caucho en las operaciones), ajena a nuestro ruido pequeño, una vanguardia a la que en muchos casos se puede aplicar lo que Darwin dijo de sí mismo: “como era incapaz de disfrutar la vida, me dediqué a analizarla”.

Nuestro malestar tiene mucho de ignorancia histórica, aunque eso no lo hace menos real y trágico. Yo también lo siento así, y saberlo no es consuelo, pero si el siglo XIX fue el del optimismo, no debería serlo menos el XXI. Nos falta un Thackery hablando en público, o muchos,  pero los hay. Vivimos una era fascinante, y necesitamos que alguien nos lo cuente y nos convenza de que hay que  luchar por ese “latido antes de rendirnos”.

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