Antonio García Maldonado

Una pausa pascaliana en la globalización

"La libertad de movimientos del virus puede ser la puntilla que acabe temporalmente con avances como el Tratado de Schengen"

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Una pausa pascaliana en la globalización
Foto: Bernat Armangue
Antonio García Maldonado

Antonio García Maldonado

Edito, traduzco, analizo y escribo. Aspiro a un estoicismo beckettiano: "Fracasa de nuevo, fracasa mejor". Sureño.

La rápida propagación del covid-19 marcará una época. Ya lo está haciendo. En apenas unos meses —semanas en Europa—, el coronavirus ha acelerado tendencias de fondo que ya se venían manifestando desde hacía años, como la previsión de relocalizar industrias, el mayor protagonismo de China, la creciente sensación de vulnerabilidad, la debilidad económica como nuevo normal o la incapacidad de otear un futuro como tierra de promisión y no de amenazas.

Si las fronteras abiertas de la globalización de la posguerra fría ya estaban en entredicho por sus efectos en la industria y el empleo, la libertad de movimientos del virus puede ser la puntilla que acabe temporalmente con avances como el Tratado de Schengen, entre otros logros de un multilateralismo globalista que ya estaba en cuestión. Todo dependerá del trauma que arrastremos, porque las crisis emocionales suelen ser también en forma de V, pero todo hace indicar que no será este un trance más.

Las crisis sobrevenidas —económica como en 2008 o de salud pública como ahora, tanto da— funcionan como test de estrés o espejos que nos dan la imagen real de nuestro sistema y de nosotros mismos. En cuanto a los sistemas de salud, ya se verá cuál ha sido el balance, pero más allá de insuficiencias lógicas, cabe esperar que salgan, si no reforzados, sí reivindicados de esta pandemia.

Porque otra tendencia de fondo que esta crisis impulsa es la del giro social, que nos obliga a prestar más atención a lo común —que no necesariamente es siempre lo público—, ya sea el medio ambiente, la red de hospitales, los colegios, las residencias de ancianos, las guarderías, los laboratorios que buscan vacunas o las barreras de contención ante las crecidas del mar en nuestras ciudades del futuro inmediato. En un interesante reportaje del fin de semana pasado con el ilustrativo título de «A shock to the system», Henry Mance se preguntaba en el Financial Times si no operaría esta crisis del coronavirus como acelerador de cambios sociales necesarios para afrontar una crisis mucho más grande, la que supone el cambio climático de origen antropogénico.

En cuanto a la imagen de nosotros mismos en el espejo del coronavirus, el balance es contradictorio. Por un lado, la respuesta de los profesionales sanitarios está siendo elogiada con justicia, así como la flexibilidad de familias, empresarios y trabajadores para organizar el teletrabajo. Pero, por otro, llama la atención la resistencia de tantos ciudadanos comunes y corrientes a aceptar de mejor grado medidas necesarias con impacto en su vida cotidiana. No se nos solicita cruzar el Canal de la Mancha en embarcaciones de recreo para traer de vuelta a nuestros soldados atrapados en Dunkerque. Por eso, es decepcionante que sean tan perturbadoras para el ánimo medidas como no ir a los gimnasios, no acudir a reuniones donde se prevea mucha gente o no viajar si no es de vital importancia. No digamos ya respetar una cuarentena de dos semanas en casa o tener que posponer las Fallas y cancelar la Semana Santa.

La digitalización y la inmaterialidad están revelando también sus límites en esta crisis. Hace solo unas semanas, cualquiera habría dicho que, pertrechados en casa con Filmin, Netflix, Movistar+, HBO, Youtube, Spotify, prensa, libros y la despensa llena, medio mes de reclusión podría ser visto como unas vacaciones, incluso como una bendición, y no con la angustia que se observa hoy.

A desentrañar ese fenómeno de necesidad compulsiva de ocio ha dedicado el escritor Jorge Freire Agitación, libro que acaba de salir y con el que hace pocos meses ganó el Premio Málaga de Ensayo. En las primeras líneas cita a Pascal, que en su macabro y pandémico siglo XVII creía que el origen de todos los males radicaba en nuestra incapacidad de estar quietos y a solas en una habitación. No se trata ahora ni de estar ni quietos ni a solas, pero la incapacidad parece la misma.

La globalización, en sí y más allá de las cadenas de montaje y ciertos organismos internacionales, parece un fenómeno demasiado fuerte y autónomo como para creer que una pandemia o una crisis financiera puedan revertirla. No pasó en 2008, no pasará ahora. Pero sería una pena que no aprovecháramos este parón obligado para hacer una pausa pascaliana que nos ayudara después a reequilibrarla allí donde esta ha producido sus daños colaterales, focos del malestar que el coronavirus agrava.

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