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Una pisada en la arena

Foto: Pascal Müller | Unsplash

Para que la vida no se pareciera a ese aullido interminable del poeta, los viejos babilonios inventaron el calendario. Fue el primer acto de desobediencia frente al cosmos: el tiempo humano, dotado de una peculiar orografía, ya no sería nunca más el tiempo de la física, una hilera sin fin de instantes iguales y homogéneos. Entonces, el año nuevo empezaba en marzo, coincidiendo con la siembra de los feraces campos de Mesopotamia. Julio César profundizó en el desacato: indepéndizándose de las estaciones, llevó el estreno del año al uno de enero, fecha civil en que tomaban posesión los cónsules republicanos. Y ahí se ha quedado, como ha quedado la costumbre de impetrar gracias y hacer promesas. ¿A quien? Antes al dios omnipotente y ahora a ese dios menesteroso y esquivo que es nuestra fuerza de voluntad, aunque no queda claro de quién es la misteriosa voz que, como aquella que escuchara el poeta Rilke al contemplar un torso de Apolo, nos pide, al alba de cada año, que reformemos nuestra vida.

Es interesante, por ello mismo, lo poco que se parece un año nuevo a un cumpleaños. Nuestro año biográfico nos cae como una losa o un escalofrío, nos invita a pensar en lo que no hicimos y resulta en general un trance engorroso y ansiógeno que solo celebramos para mejor ocultar la bancarrota, como si nuestra vida fuera un timo piramidal condenado a desplomarse. Y es que vivimos cada aniversario como el periódico cobro de una deuda que nos acerca cada vez más a la insolvencia definitiva. Inaugurar el año solar, en cambio, produce el efecto contrario: satisface tanto como cuadrar un balance y nos permite llegar al primero de enero en renovada situación de disponibilidad, dueños incluso de un suplemento de energía por gastar, como saben bien gimnasios y academias de idiomas, que su agosto lo tienen en el mes de Jano. Un almanaque limpio de penas y decepciones que, aunque sólo sea por una o dos semanas, pone viento en nuestras alas, nos hace creermos indestructibles y nos invita a pensar en lo que aún estamos a tiempo de hacer.

Es un fulgor fugaz, lo sé; no tarda en aparecer la materia macilenta, eterna y común, de los viejos días, y con ella las cuitas y problemas que quisimos desterrados en diciembre. Pero no seamos cenizos, y disfrutemos mientras dure la ilusión de una vida que hoy, al menos hoy, precisamente hoy, nos parece una pisada fresca en la arena. Feliz año a todos.

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