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"Una respuesta a la invasión hispana"

"Trump ha condenado el supremacismo blanco. Pero no resulta creíble porque él ha asumido ese lenguaje racista"

Foto: CALLAGHAN O'HARE | Reuters

Patrick Crusius condujo su coche durante diez horas antes de llegar al WalMart de El Paso. Le acompañaban su arma, una AK47, y su decisión de emplearla para matar el máximo número de mejicanos posible. Lo sabemos, porque Crusius publicó, hora y media antes de matar a 21 personas, un manifiesto con las razones de su múltiple crimen.

Patrick es un chico huraño, irritable, que apenas hablaba con sus compañeros, cuya vitalidad y jovialidad criticaba, y parece que envidiaba. Había ido a la Universidad, había creado su página en LinkedIn, y se lanzaba al mercado laboral como millones de otros jóvenes de su país. En las sombras de su soledad, junto a los asientos vacíos de su autobús escolar, Crusius cultivó un odio que ha acabado en tragedia. Su interés y cariño por los animales, por las serpientes en particular, no desmiente su rencor. Dice que “los motivos de mi ataque no son personales” porque prefiere revestir de ideología su inquina.

En su manifiesto dice Crusius: “Este ataque es una respuesta a la invasión hispana de Texas”, una invasión encaminada, dice, a una “sustitución cultural y étnica”. Por un lado, los inmigrantes, dice, llegan para ocupar los trabajos que los estadounidenses no quieren, una situación favorecida por los intereses de las grandes empresas, que quieren tener facilidades para que lleguen trabajadores de fuera. Por otro, gracias a la automatización, se eliminará la necesidad de que entren más extranjeros, porque esos trabajos poco cualificados desaparecerán. Pero la automatización también hará que se pierdan muchos más trabajos en los Estados Unidos, lo cual llevará a una situación de miseria que sólo se puede solventar con una renta básica universal.

Además, “nuestro estilo de vida está destruyendo el medio ambiente del país” y supondrá “una carga masiva para el futuro”. Las ciudades se extienden, creando espacios ineficientes y destruyendo el paisaje. De nuevo, por los intereses de las grandes empresas. Él actúa ante los “desvergonzados que mezclan razas y contaminan masivamente”. Comparte la preocupación, tal actual, por la identidad. Y propone crear identidades raciales sobre una base territorial: dividir al país en territorios con razas que no tengan relaciones entre ellas.

No sé si el lector comparte mi sensación ante su discurso. Está empapado de actualidad, con sus referencias a la identidad y la raza, con su preocupación por la huella del hombre en el medio ambiente, con su idea de que los mejicanos y las máquinas le van a quitar el trabajo a los estadounidenses, y todo por los intereses de un puñado de grandes empresas. También está empapado de odio, aunque según quienes le conocían debió de macerarlo en su interior durante años.

No parece que Crusius sea más supremacista blanco que ecologista o ludita. Tampoco parece que Crusius pensase en otra cosa que justificar su supremo acto de odio con tres o cuatro ideas colectivistas: el racismo, el odio al progreso y demás.

Ahora todos miran a Donald Trump. El presidente ha condenado el supremacismo blanco. Pero no resulta creíble. No por que sea supremacista; no lo es aunque quien le acusa de serlo no se vaya a convencer de lo contrario bajo ninguna circunstancia. Sino porque él ha asumido ese lenguaje racista, que condena a etnias y comunidades enteras por la incidencia de ciertos datos de criminalidad o dependencia, mal interpretados, además. Trump no puede escapar del todo de su responsabilidad política. No por esta obra de un loco, sino por haber alimentado un discurso de oposición entre razas que es tan falso como imprudente.

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