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Una tradición

Foto: Chris Benson | Unsplash

Ninguno de los cuentos de Navidad que he escrito por encargo sucedía en realidad en Navidad, siempre he hecho un poco de trampas. Me gusta la Nochevieja, la noche de reyes, pero la Navidad me resulta profundamente antipática. En parte, supongo que es porque mis padres no eran religiosos, aunque mi abuela sí lo fuera. En nochebuena, que celebrábamos en casa de mis abuelos, en el entresuelo de la avenida de Goya de Zaragoza, mi abuela salía poco antes de la medianoche para ir a la misa del gallo. Alguna vez debimos de acompañarla alguno de sus nietos, después debieron de acompañarla alguno de mis tíos. De esa noche me gustaban el ruido, el bullicio, el ambiente festivo y que pasaran a saludar y a brindar y beber y reírse antiguos amigos de mis tíos, familiares o amigos de mi padre. Cuando mi abuela volvía de misa, aparecían misteriosamente los regalos de papá Noel –que eran más bien simbólicos– junto al taquillón del pasillo, donde estaba colocado el belén –un belén básico, de piezas robustas y grandes, con un portal, una cuna, un buey y una mula, además de los padres y el niño; un belén con un aspecto mucho más sobrio que el que poníamos en mi casa, a pesar del ateísmo de mi madre–. Navidad, en cambio, me producía ya nostalgia: la fiesta había acabado, la sensación era de resaca general, no había periódicos y en la tele reponían el programa de la noche anterior. Como en mi familia somos más de reyes que de papá Noel, tampoco había regalos de los que disfrutar.

La Navidad se convertía en una comida con una sobremesa excesivamente alargada, que solo podía ser salvada por la emisión de La princesa prometida, y ni siquiera, porque las conversaciones impedían que pudieras seguir el hilo y escuchar la tele. Ahora sé que para muchos adultos la sensación de hartazgo en navidad es la misma que yo sentía de niña, entonces creía que a los adultos les gustaba y que la rara era yo. Ahora sé que si me hubiera quejado, no habría estado sola, aunque los adultos se vieran forzados a fingir. Ahora sé que por eso mi padre, si no tenía que ir a trabajar esa tarde al periódico, proponía que fuéramos al cine.

Como explicó a propósito de los cuentos de navidad David Jiménez Torres, de las navidades se espera al mismo tiempo que sean especiales y que repitan una serie de ritos y costumbres, que sean iguales y únicas. Quizá mi problema con la navidad solo fuera en realidad un problema de expectativas. Quizá solo tenga que encontrar una tradición familiar sobre la que pueda escribir la próxima vez que me encarguen un cuento de Navidad.

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