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Unas meninas y el arte blandito

Foto: Claudia Campos | The Objective

Madrid se ha llenado de monigotes. Unas meninas como de playmobil, pintarrajeadas por famosos que dicen ser artistas, han tomado la ciudad. Dice su sonriente promotor, un tal Antonio Azzato, que el proyecto salda una deuda que tiene con Velázquez: «Darle trascendencia, más allá de la que él logró». «Velázquez me está utilizando a mí».

Por lo visto, cuando fue a venderle la idea al ayuntamiento de Madrid, alguien le dijo que el asunto estaba «bendecido por Velázquez». Usarían una ouija, supongo. Enrique Ponce, Alejandro Sanz, Ágatha Ruiz de la Prada, Carlos Baute y otra gente de la cuerda llevando el arte a la calle. Y el pobre Velázquez, me figuro, revolviéndose en su tumba. No es sorprendente que un artistucho enloquecido (¿qué otra cosa puede ser el tal Azzato?) llame a la puerta de alguien con una idea delirante, pero que el ayuntamiento de Madrid preste el espacio público para semejante majadería sacacuartos (esto es, evidentemente, una estrategia comercial) es un delito mayor. Al final parece que los gobiernos de izquierda tienen la misma idea infantiloide y rancia del arte que los de derechas, para sorpresa de nadie. También es cierto que la gente de cultura del ayuntamiento de Carmena son expertos en cagarla (¿se acuerdan de lo que pasó con las Naves de El Español?).

Podría pensar usted, amable lector, que esto es una tormenta en un vaso de agua. El berrinche de la gente excéntrica del arte contemporáneo por unas meninitas de nada. Al fin y al cabo, el personal anda muy feliz haciéndose selfis, no parece que haya una ola de indignación. Y eso, querido lector, es justo el problema. ¡Un problema gravísimo! Convertir al arte, un instrumento de emancipación y de libertad, en una caricatura decorativa, en un producto feliz, como de Mr. Wonderful (esa marca que hace tazas y libretas con tipografía hortera y mensajitos de todo saldrá bien), con el que hacerse fotos para las redes sociales es la última victoria del sistema. Las grandes obras de arte convertidas en souvenirs.

¿Se acuerdan de cuando Madrid se llenó de pintadas cursis en los pasos de cebra? El grafiti, una práctica subversiva, desactivada y puesta al servicio del pensamiento blando. Lo de estas meninas es muy parecido: el kitsch (la repetición de una forma vacía, replicada en una multicopista) enmascarando la gran obra de Velázquez, bastardeándola con la complicidad de actores, diseñadores y demás gente de la farándula que haría muy bien en dedicarse a lo suyo y no tocar las narices.

No se confunda, el problema de estas meninas no es que sean feas, es que son nocivas. Dicen que a Dalí un día le preguntaron, a la salida de El Prado, que qué había de nuevo. «Velázquez». Aunque Dalí fuese un cafre pirado por los dólares, no era idiota. Las grandes obras de arte siempre son nuevas. Esa es su condición prodigiosa. No se deje engatusar con mercancía en mal estado.

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