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Urgencia de la memoria

Foto: Francisco Seco | AP

El mes pasado se conmemoró el armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial en noviembre de 1918. Los líderes globales se reunieron en Francia para participar en una serie de actos de homenaje y memoria. Conmemoración que tuvo su cénit en la visita de la canciller Merkel y el presidente galo a la reproducción del vagón donde se firmó el acuerdo que terminaba con cuatro años de batallas y muerte. Allí se vieron gestos graves y contritos, con los que los dirigentes –sobre todo los europeos– pretendían transmitir el compromiso con la paz en un momento en el que las potencias desconfían de los organismos multilaterales de posguerra.

La Primera Guerra Mundial ha quedado opacada y difusa en nuestros días, además de por la inconcreción de los motivos para que estallara, debido a la ferocidad de la Segunda, mucho más presente en nuestros libros y televisiones (¿qué sería de canal Historia sin la Alemania nazi?). Y en España, además, por el hecho de que fuéramos neutrales y de que un par de décadas después sufriéramos la Guerra Civil. Pero la crueldad y las bajas de la Gran Guerra no le van a la zaga a la Segunda, a la que en gran medida dio pie con el pésimo cierre del Tratado de Versalles.

La conmemoración ha vuelto a reabrir el debate –siempre presente– del valor de la memoria, de su función reparadora, de su papel como vacuna, pero también como losa que no deja alumbrar ningún futuro. En definitiva, de la complejidad de analizar la historia de la que habló Michael Rieff en Las paradojas de la memoria. Durante una época pareció prevalecer la idea de que mucha memoria no es aconsejable. Se nos hablaba de una Alemania que integró con éxito gran parte de la administración nazi en la de la nueva República Federal (hecho sarcástica y magistralmente narrado por Billy Wilder en Un, dos, tres), o de un Ejército soviético que se subsume como fuerza armada en la nueva Rusia sin mayor control de personal.

Pero todo eso ocurría cuando la extrema derecha parecía una pesadilla lejana, cuando los nacionalismos eran una ideología vintage con la que se fracasaba en las elecciones, o cuando el antisemitismo parecía una locura localizada y extirpada. Ahora, Europa es también la de Salvini llamando “carne humana” a los inmigrantes, la de Le Pen prometiendo “destruir la UE desde dentro”, la de Orban expulsando de Hungría una fundación por estar dirigida por un magnate al que critica con un tufo antisemita propio de entreguerras. Y también, lamentablemente, la de Vox y sus dirigentes, a los que ahora se intenta blanquear a toda prisa desde diversos espacios y medios perdonándole sus “pecadillos”, salidas de tono y exabruptos como la hojarasca que no nos deja ver el partido razonable que hay tras ellos. Tampoco en esto nos parecemos a Francia.     

Es necesaria la memoria, para no banalizar la historia con una sonrojante “alerta antifascista”, pero también para que recordemos los peligros de las ideologías extremas, de los nacionalismos y del lenguaje “sin complejos”. Para mantener la conversación y el debate público dentro de los límites de la racionalidad y la mesura. Al calor de la conmemoración del armisticio, un análisis en The New York Times se preguntaba si el orden europeo liberal podía sobrevivir sin el recuerdo reciente de una guerra. Nadie lo sabe, pero el paso de los años no tiene por qué aparejar el olvido. Sólo la memoria puede hacer frente al paso corrosivo del tiempo en los contornos de la historia de nuestro dramático siglo XX.

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