Jorge Freire

Uterotopía

«Sloterdijk llama uterotopo a la esfera de la delicadeza y la intimidad. Esta se opone al erotopo, que es la dimensión de la competición ritual y las tensiones de poder»

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Uterotopía
Foto: | Wikimedia Commons

Dice Alberto Olmos en Irene y el aire (Seix Barral) que a su hija la nacieron, al modo clariniano. Cosa rara, porque hoy la gente nace por su cuenta. De ahí que todos celebremos el cumpleaños, carnavalada boba en la que uno renueva votos consigo mismo y celebra que es causa sui, y casi nadie celebre el santo, que nos enlaza con la costumbre y nos adscribe a una figura que nos ennoblece. Pero el individuo, ya se sabe, es un artefacto que nos libera de dos cadenas: la naturaleza y la tradición.

Sloterdijk llama uterotopo a la esfera de la delicadeza y la intimidad. Esta se opone al erotopo, que es la dimensión de la competición ritual y las tensiones de poder. Ahora que casi toda novela es una distopía (palabreja horrísona), yo me atrevo a definir ésta como una uterotopía. No hay aquí espacio para los conciliábulos de farsantes de Alabanza ni para los activistas camastrones de Ejército enemigo. Es como si el autor trocase la burbuja literaria por la burbuja amniótica. El tono es otro (no sé si más blando o menos epatante, pero más maduro) y el estilo se ha acrisolado, prescindiendo de la hojarasca poética. Hasta el autor mira con buenos ojos la ciudad de Madrid, esa Gran Cacharrería que tanto acoquinaba al provinciano neurótico de A bordo del naufragio. ¿Será la paternidad?

Ab exterioribus ad interiora, ab inferioribus ad exteriora… Se aplica a esta novela el viejo lema de San Agustín: de lo externo a lo interno, de lo inferior a lo superior. Dice Olmos, a cuento de su odisea en busca de casa para tres: «Uno alquila un piso para meter dentro su vida, no su cuerpo ni sus cosas, sino la posibilidad misma de vivir. La vida es sobre todo un interior; la vida no deja de ser un interior ni cuando naces» (p. 31).

Mi capítulo favorito es el relativo a la elección del nombre. La pareja opta por la vía negativa: desechar antes que elegir. «Que si una compañera boba de la EGB se llamaba Olga, que si tu exnovio se llamaba Carlos […] Odio a odio, tachón a tachón, se iban proscribiendo nombres» (p. 69). Son páginas muy graciosas, precisamente porque el tema es serio. Nada hay más abrumador que esta prerrogativa adánica. Recordemos que fue a su obra predilecta a quien el Creador encomendó la tarea de la nominación. Por eso el carnero es carnero y la whopper con queso es whopper con queso. ¿Erraba Camba cuando decía que Salmerón no habría presidido la República de haber sido Salmerín?

Coincido en la crítica al narcisismo paterno«Pensaba que un nombre rutilante se lo ponen los padres a sí mismos, a esa extensión de sí mismos que es el hijo, que envían al mundo para que todos vean en él a sus padres, su filosofía y su creatividad, pues le pusieron Lluvia, le llamaron Akira» (p. 71). Desconozco los problemas que puede arrostrar una Lluvia o un Akira. Pero ni un neutral José Manuel te libra de cargar de por vida con un afrentoso «Zurraspa», como le pasa a un amigo de la infancia. El nombre que nos toca es impepinable por la ley del bautismo y la del Registro Civil, que decía el protagonista de Filomeno a mi pesar, pero también, añado yo, por las normas no escritas de lo consuetudinario.

No las rehúye esta espléndida novela, cuyo título me parece insulso a más no poder. Será recordada, afortunadamente, como «la de la niña», igual que Manu de Jabois es «la del niño». Como decía el chiquillo magrebí de El donado hablador, de Jerónimo de Alcalá: pues verá, caballero, en casa me llaman Hamete y en la calle, Juanillo. Nadie es responsable del nombre que le ponen sus padres; mucho menos, del que le cuelgan sus pares.

A la pregunta de «¿qué es lo mejor que has hecho en la vida?», respondía hace unos años Adam Clayton, bajista de U2: «nacer». De esa proeza va la segunda parte de Irene y el aire, una narración autoficcional que se lee con el corazón en un puño. Autoficcional, sí, pero carente de la indulgente cháchara del diarista que se desparrama por sus páginas, enviscándose y desbordándose, como el insufrible Knausgård. Sus ochenta páginas hacen de Irene y el aire el mejor libro de Olmos«A la gente le gusta contarte su vida, la gente cree que su vida es muy interesante, incluso hay quien se inventa vidas para luego contarlas en novelas o películas. Pero quizá lo fascinante de verdad fue nuestro parto, las horas en las que ganamos la vida, horas que deberíamos conocer para tener la razón del relato. Tu vida nunca tendrá la grandeza de tu nacimiento» (p. 115). Ab interioribus ad exteriora…

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