Daniel Capó

Vacaciones de verano

Cuando yo era niño, con el calor llegaban las medusas, los alemanes y el olor a Nivea. Es un mundo que sigue ahí, imperturbable, un verano tras otro, aunque se  escurra entre mis manos como la arena de la playa.

Opinión

Vacaciones de verano
Foto: Nathan Anderson @nathananderson
Daniel Capó

Daniel Capó

De la biografía me interesan los espacios habitables. Creo en las virtudes imperfectas y en la civilizada inteligencia de la moderación

Cuando yo era niño, con el calor llegaban las medusas, los alemanes y el olor a Nivea. Es un mundo que sigue ahí, imperturbable, un verano tras otro, aunque se  escurra entre mis manos como la arena de la playa. Recuerdo el rostro de mis amigos muertos –pequeños flashes; una sonrisa, amable y rígida en la memoria–, pero he perdido la modulación de sus voces, el color de su piel o de sus ojos. Ni siquiera sé si los reconocería al volverlos a ver: yo, un crío; ellos, niños o ancianos en el tiempo embalsamado de un camposanto. El verano era Mallorca y, dentro de Mallorca, un pequeño puerto de pescadores donde alternaban Ana Obregón y el guardaespaldas de Ringo Starr, un crío llamado Manuel Valls y Pepe Oneto. En las terrazas de los bares, junto al mar, sonaban viejas baladas de Chet Baker y boleros de Antonio Machín, vinilos de Dean Martin y la canción del verano de Georgie Dann. Era un mundo noble y kitsch a la vez, como me imagino que son todos los mundos contemplados con los ojos de un niño.

Ahora miro a mis hijos y pienso también en las medusas, los alemanes y el olor a Nivea; aunque ellos sólo parecen interesados en el tiburón blanco que se ha avistado en aguas de Cabrera: es el privilegio del exotismo. En Cabrera nadaba, en los años 50, el actor Errol Flynn, prematuramente envejecido por el alcohol y las juergas. Un tío de mi padre lo conoció y acompañó en el yate, llamado Zaca, con el que navegaba por el Mediterráneo. Una noche, en el campo, observando la constelación del Boyero, me contó que nunca había conocido a nadie que bebiera tanto ni que orinara durante tanto rato: una lluvia de agua, sales y ácido que se mezclaba con las aguas negras del archipiélago. Yo no he visto tiburones en la isla ni he saludado a la luna en el velero de Errol Flynn, pero los he soñado con los ojos insomnes de la niñez. Cuando miro hacia atrás, reconozco ese lugar todavía habitable que huele a almendras y lentisco y en el que siento aletear el viento agrietado de la memoria, que nos deshace, poco a poco, lanzando nuestras sombras hacia un tiempo que ya no es ni será nuestro.

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