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Vacaciones en El Gran Desorden

Foto: Cem OKSUZ | AFP

Mirar las noticias es exponerse a la angustia. En cualquier lado del mundo proliferan problemas o se enquistan los que había. El tiempo histórico se acelera sin que los acontecimientos cambien realmente. Ahí siguen Israel y Palestina, Irán e Irak, las guerras en los países africanos, la violencia en América Latina, el auge de los hombres fuertes en Turquía, China o Rusia, y el declive del Estado de derecho en países de la Unión Europea. Por no hablar de la parálisis generalizada que Trump ha causado en el orden mundial global con la denuncia de acuerdos y sus tuits de quinceañero con problemas. Asomarse a este Gran Desorden y no salir corriendo a comprar oro y esconderlo debajo del colchón parece irresponsable.

Y, sin embargo, la nave va. La economía se desacelera algo, pero continúa en una marcha que permite, mal que bien, ir recuperando las condiciones previas a la crisis. El tendero sigue abriendo por la mañana y los basureros continúan recogiendo diligentemente los deshechos al caer la noche –ese prodigio inadvertido del progreso–. Los teléfonos funcionan, el cine cambia la cartelera y las cervezas siguen estando frías. El auge de las redes sociales ha acentuado esa sensación de vivir en realidades paralelas: una digital, alarmista y vociferante, y otra analógica menos bronca, más resignada y atávica.

Nunca como en vacaciones de verano esta segunda realidad se hace más explícita. La llegada familiar a las costas trae consigo un golpe de realidad balsámico. Frente a las catástrofes que parecen anunciarse, ahí están esos padres y madres de familia volviendo de la playa, cargados con sombrillas, toallas y el rostro cansado por el sol y por los niños, que aún tienen la energía con la que empezaron la jornada. Frente a las distopías de los tecnólogos, ahí sigue el resignado espetero junto al chiringuito, trabajando con paciencia epicúrea junto a su barca varada, el renegrido hamaquero con su gorra de publicidad de alguna bebida, los amigos jugando a las paletas en la orilla o los pensionistas británicos bebiendo pintas con la piel quemada.

No se trata de negar la realidad y sus problemas, sino de destacar la extraordinaria capacidad que, como especie, parecemos tener para reproducir hábitos aun en momentos de aparente zozobra. Pensemos en los reportajes sobre la vida cotidiana en situaciones extremas como la guerra. Las costumbres se imponen aunque lo que empujó en su día a crearlas haya desaparecido. Las vacaciones se diseñaron bajo trabajos y condiciones de otra época, pero seguimos disfrutándolas o padeciéndolas de forma muy similar a la de hace medio siglo, salpimentadas ahora con la propensión a contarlas en redes. Es habitual, incluso, encontrar relatos en el que el único justificante para ir a tal o cual lugar es que así lo ha hecho su familia durante años.

Las vacaciones son la terca imposición de la realidad frente al vaticinio. Y hay algo oxigenante en ello cuando los dramas no dan tregua, aunque no nos guste vernos como un turista más.

 

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