THE OBJECTIVE
Paco Segarra

Velázquez y Dios

El ateísmo vive de la racionalidad utilitarista protestante y olvida el amor y el misterio. Reduce el primero a química y el segundo a la categoría de azar. Es probable que piensen incluso que Las Meninas son el producto de una casualidad empirista.

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El ateísmo vive de la racionalidad utilitarista protestante y olvida el amor y el misterio. Reduce el primero a química y el segundo a la categoría de azar. Es probable que piensen incluso que Las Meninas son el producto de una casualidad empirista.

No recuerdo si alguien lo ha dicho antes, pero lo afirmo ahora: toda la pintura está en Velázquez, del mismo modo que toda la literatura está en el Quijote, de Cervantes, que no fue Avellaneda el único émulo del maestro. Velázquez es un todo armónico, sin estridencias ni exageraciones. Velázquez es lo contrario a la herejía, esa pulsión humana por convertir una parte en lo absoluto. Así, los impresionistas, presentes ya en la obra del sevillano -como bien intuyó Manet-, hacen de la luz y del color un dios estético, verdadero, sin embargo, en lo que tiene de presencia parcial en la naturaleza. Pero la naturaleza es también estructura geométrica -Cézanne- y ritmo -Van Gogh-. Velázquez es luz, color, estructura, ritmo, escondido todo, y misterioso, como están escondidos misteriosamente esos mismos elementos en la propia naturaleza.

No es casual este ocultamiento. Dios es un «deus absconditus», un Dios escondido que teme imponerse a la libertad humana. Esta es una de las muchas cosas que no entienden los ateos de buena fe, que buscan pruebas científicas incluso para la poesía y el martirio. El ateísmo vive de la racionalidad utilitarista protestante y olvida el amor y el misterio. Reduce el primero a química y el segundo a la categoría de azar. Es probable que piensen incluso que Las Meninas son el producto de una casualidad empirista, de una sopa de partículas aleatoria que produjo a un tal Diego Velázquez sin otro objetivo que terminar con su obra aparcada en estos almacenes del alma que dieron los modernos en llamar «museos».

Que Velázquez, Cervantes o Lope fuesen católicos es una anécdota sin importancia para el ateo occidental de mala fe. Se figuran que el pensamiento humano comenzó en el siglo XVIII y que, desde Sócrates y Aristóteles, todos han sido ingenuos seguidores de míticas leyendas antiguas. No me imagino a Descartes creyendo en la New Age o a Newton en la Pachamama. «Cuanto más amo, mejor entiendo» dijo San Agustín, otro pobre alienado cristiano, sin el cual no son comprensibles ni Velázquez, ni Cervantes, ni Newton, ni Descartes. Y tampoco, claro, el ateísmo moderno.

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