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Vendrá el sistema y tendrá tus ojos

Foto: Victor Lerena | EFE

“Y puede que un día te encuentres en una casa preciosa / Con una preciosa esposa / Y que te preguntes / Pero, ¿cómo he llegado aquí?”.

No sabemos en qué estaba pensando David Byrne cuando escribió “Once in a Lifetime”, la memorable canción incluida en Remain in Light, álbum de Talking Heads publicado en 1980. Pero sí sabemos que hoy podría aplicarse con facilidad no tanto a Pablo Iglesias -quien debería saber por qué se encuentra hipotecado y a las puertas de la paternidad- como al partido que lidera y sus votantes. Su perplejidad es más que comprensible. Ya que nos hemos acostumbrado a pensarlo todo en términos de “relato”, el famoso chalé en la sierra hace algo más que suministrar un inesperado giro narrativo: nos sugiere, como en algunas novelas de Nabokov, que el narrador nos había estado engañando. Quizá sigamos leyendo, pero ya no confiaremos en él.

Es imposible, desde el exterior de la psicología de Iglesias, discernir si su apuesta por la vida burguesa estaba ahí desde el principio o responde a una evolución personal. Pudiera ser, por ejemplo, que la perspectiva de la paternidad hubiera activado en él impulsos protectores hasta ese momento desdeñados en los demás por influjo de sus lecturas. Pero qué más da: esta partida se juega en el teatro político y lo relevante es el efecto que produce el episodio en la percepción del público. O sea, de ese “pueblo” al que había venido recurriendo Podemos como agente legitimador de su acción política.

Al igual que sucede con esas ficciones donde una revelación final nos obliga a pensar en el verdadero sentido de lo que se nos ha presentado anteriormente, la apoteosis burguesa de Iglesias arroja dudas sobre la coherencia de su discurso político y la veracidad de sus escenificaciones. Ahí está su inolvidable encuentro con Ana Rosa Quintana en la casa de Vallecas, con los muebles de su abuela como testigos; las camisas de Alcampo y las rebanadas de Bimbo compartidas en el tren después de un mítin; o su afirmación tajante, ante Pablo Motos, de que si fuera presidente del Gobierno seguiría viviendo en su barrio obrero porque “eso tendría que ser así”. Aquello que a tantos pareció genuino se nos presenta hoy como una autoficción política: la construcción mediática del personaje electoral. Nos vemos transportados allí donde la representación política desciende a su último estrato: el actor que representa el papel de representante. Nada demasiado sorprendente, por lo demás, salvo para aquellos que atribuyesen a Podemos un plus de “autenticidad” frente a las dobleces morales de “la casta”.

Por supuesto, muchos votantes -o fans- de Iglesias se resisten a aceptar estas conclusiones. Es fascinante asomarse a las redes y comprobar en vivo cómo se manifiesta en ellas eso que Sartori llamaba “opinión pública en negativo” y Roberts ha denominado “epistemologías tribales”: un grupo que recodifica una información porque se resiste aceptarla. Se ha invocado así la libertad de Iglesias y Montero para hacer lo que quieran con su dinero, se ha dicho que un político de izquierdas no tiene por qué vivir mal, se ha denunciado que “los medios” o “el poder” acosan a la pareja. Pero no hay manera de conciliar la compra del chalé, con su favorable hipoteca concedida por una caja filoindependentista y el aval futuro de una cuantiosa herencia familiar, con las consignas del partido: el empobrecimiento sistemático de todos los españoles como resultado del maligno “régimen del 78”, el fraude masivo del sector bancario a través de sus créditos hipotecarios, el entontecimiento colectivo causado por la alienación pequeñoburguesa en el interior del capitalismo tardío, la desaparición de la clase media española o la falta total de recursos de nuestros mayores debido a las políticas austericidas del bipartidismo. De ahí la condigna necesidad de subvertir el sistema asaltando los cielos o hacer escraches a los representantes “ilegítimos” que se aíslan de “la gente”. Todo ese relato queda invalidado ahora por elementales razones de coherencia narrativa. Razones, para colmo, que cualquiera puede comprender: aunque el votante medio no pueda explicar las causas de la crisis del euro, sabe que una hipoteca no se calcula con la sonrojante regla de tres presentada en Twitter por Juan Carlos Monedero. En cuanto al presunto acoso mediático, no hace falta recordar el uso político que Iglesias y Montero hicieron de su embarazo.

Así que un discurso hiperbólico, dotado de extraordinaria potencia emocional en el marco de la Gran Recesión y la eclosión del movimiento 15M, se disuelve ahora en contacto con la realidad más prosaica. Si bien se piensa, Iglesias ha lanzado el peor mensaje posible como representante de la resistencia anticapitalista: todo contra el sistema, pero en el sistema. Lo que quiere decir que contra el sistema están las palabras, pero no las acciones ni la forma de vida. En la práctica, Iglesias aspira a vivir como cualquiera de los “ricos” que lanzaba, en los años más duros de la crisis, a los perros del resentimiento colectivo. Y eso no hay manera de justificarlo sin deslegitimar, de paso, el proyecto político que ha venido liderando. Algo, por lo demás, que podría haber anticipado cualquiera.

Ni que decir tiene que la solución de Iglesias a la crisis abierta por él mismo no es la dimisión inmediata, sino un insólito referéndum interno que proporciona al episodio el aire de un reality televisivo. El matiz es que no vota la audiencia en su conjunto, sino solo el censo del partido. Iglesias trata así de condonar el error individual subsumiéndolo en la culpa colectiva, una dudosa catarsis que revelará la división del partido a cambio de mantener en lo más alto los índices de audiencia. Si Iglesias y Montero pierden, un proyecto personalista como pocos se verá abocado a un feroz conflicto interior, pero tal vez pueda todavía reconducirse. Si gana, el partido abandonará definitivamente el marco “arriba/abajo” que propició su éxito electoral. Porque no puede hablar contra la “casta” quien no se diferencia de ella.

“Y puede que un día te encuentres en una casa preciosa / Con una preciosa esposa / Y que te preguntes / Pero, ¿cómo he llegado aquí?”.

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