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Venezuela, los sesgos y el imperio de la ley

Foto: Rodrigo Abd | AP

“El que ve el pasado como algo sin sorpresas está condenado a tener un futuro lleno de sorpresas”. La frase es del psicólogo israelí Amos Tversky. Junto a Daniel Kahneman, este estudioso nos ayudó a comprender mejor los sesgos coginitivos del pensamiento. Todos somos propensos a caer en este tipo de trampas. Y es que sobreestimamos nuestra propia capacidad para interpretar la realidad. Entre otras muchas cuestiones, las investigaciones de estos dos sabios nos mostraron que los analistas, ya sean estos historiadores, politólogos o comentaristas deportivos, suelen tomar los datos que encajan mejor en el relato que quieren contar para dar consistencia al mismo. Aunque habitualmente somos incapaces de predecir lo que vendrá, estamos preparados para explicarnos lo sucedido con total seguridad después. Nos gusta pensar que la historia se conjuga con verbos regulares cuando lo hace constamente de forma irregular.

Venezuela se encuentra en ese justo punto donde el pasado, el presente y el futuro aguardan repletos de sorpresas. Nadie sabe qué va a suceder, pero no son pocos los que reclaman la importancia del análisis sosegado. Unos miran hacia atrás, otros hacia delante. Algunos, incluso, nos invitan a detenernos a comprender la complejidad del asunto. Cómo si existieran conflictos simples. Es más, la mayoría de los que nos señalan lo embrollado del caso han sido los que han querido convertir durante años en un meme político los problemas de los venezolanos. Recuerden que la amalgama de las izquierdas antiliberales españolas, aunque ya lo hayan querido olvidar, defendió el chavismo como el modelo socio-político alternativo. No se preocupen. Dentro de unos meses nos intentarán explicar lo que ha sucedido porque, pase lo que pase, el silencio del elocuente Errejón no será definitivo. El presidente Sánchez, siempre tan diligente en la respuesta, les ha puesto en bandeja el cambalache valorativo: el neochavismo no tiene nada que ver con la izquierda verdadera, santa y pulcra.

El camino iniciado por Juan Guaidó no será cómodo de transitar. Maduro no se dejará derrotar fácilmente. Sus secuaces están tanto en el interior como en el exterior. Construir un Estado de derecho en un país que tiró las garantías legales por el desagüe hace años no es una tarea sencilla. Millones de venezolanos saben que no hay tiempo que malgastar. Ya han perdido demasiado en este proceso de muerte, hambre, exilio y ruina política. Entienden que no se trata solamente de introducir papeletas en una urna. Quieren ganar el imperio de la ley, la libertad de no estar sujetos a la voluntad arbitraria del tirano, por muchas multitudes y armamento que le sostengan. Se podrán equivocar pero que, al menos, el futuro pueda ser suyo.

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