Manuel Arias Maldonado

Ventanas rotas

En el curso de una entrevista con el periódico Bild en noviembre de 2004, se preguntó a Angela Merkel por las emociones que le despertaba Alemania. Su respuesta es conocida: «Estoy pensando en ventanas herméticas. Ningún país hace ventanas tan herméticas y hermosas». En un instante, Merkel pasa de la abstracción nacional a la concreción artesanal: preguntó la poesía y le respondió la prosa. Es verdad que no todos los países tienen la historia de Alemania; tampoco abundan las naciones capaces de aislar tan ejemplarmente sus casas del frío invernal. El caso es que con esta declaración Merkel rendía un homenaje indirecto a Helmut Schmidt, el gran canciller socialdemócrata de los años 70. A Schmidt su época le demandaba una visión ideológica de gran calado, pero él no estaba de acuerdo y de ahí su célebre prescripción: «Quien tenga visiones, que vaya al médico».

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Ventanas rotas
Foto: Matt Dunham
Manuel Arias Maldonado

Manuel Arias Maldonado

Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Málaga y colaborador habitual en prensa y medios culturales.

En el curso de una entrevista con el periódico Bild en noviembre de 2004, se preguntó a Angela Merkel por las emociones que le despertaba Alemania. Su respuesta es conocida: «Estoy pensando en ventanas herméticas. Ningún país hace ventanas tan herméticas y hermosas». En un instante, Merkel pasa de la abstracción nacional a la concreción artesanal: preguntó la poesía y le respondió la prosa. Es verdad que no todos los países tienen la historia de Alemania; tampoco abundan las naciones capaces de aislar tan ejemplarmente sus casas del frío invernal. El caso es que con esta declaración Merkel rendía un homenaje indirecto a Helmut Schmidt, el gran canciller socialdemócrata de los años 70. A Schmidt su época le demandaba una visión ideológica de gran calado, pero él no estaba de acuerdo y de ahí su célebre prescripción: «Quien tenga visiones, que vaya al médico».

Allí es donde debería presentarse con urgencia la sociedad británica, víctima de un ataque de sentimentalidad que solo ahora choca contra el principio de realidad. Porque el Brexit ha sido, desde el primer momento, una renuncia al pragmatismo en beneficio de la ideología: el producto de un nacionalismo inglés -más que británico- que encuentra un aliado inesperado en los instintos antieuropeos del laborismo corbynista. Se trata de un cocktail ideológico potente: la combinación de nostalgia imperial y anhelo de soberanía deja noqueado a cualquiera, no digamos si se le añaden tóxicos insulares y la demonización de la llamada «Europa de los mercaderes». Un poderoso espejismo sostenido por los demagogos y convertido en mandato político gracias a un referéndum que debería acabar de una vez por todas con los referéndums.

Desde ahora, bastará invocar el realismo metodológico maquiaveliano para responder a quienes defienden las virtudes de la democracia directa. Frente a la teoría ideal sobre el modo en que debería desarrollarse una consulta popular, es preciso atender a «la realidad de la cosa». O sea, a la manera en que de hecho se ha conducido esta consulta particular: sin que ningún partido se atreviese a decir la verdad ni líder alguno desatendiese por un momento sus intereses personales. Y ello hasta el punto de que el principal obstáculo para el acuerdo con la UE -la frontera irlandesa- ni siquiera fuera mencionado durante la campaña. Todavía hoy, recién arrojado sobre la mesa el único acuerdo capaz de ejecutar la salida del club comunitario sin provocar un cataclismo económico, la heroica Theresa May se encuentra con el descontento de los maximalistas de todas las confesiones políticas.

Así que la voluntad popular era esto: una ficción que exige no creer demasiado en ella. Si se hace, uno pierde de vista las ventanas.

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