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Ver crecer el césped

Foto: Victor R. Caivano | AP

La lista de escritores que han encontrado en el fútbol un asunto digno de interés literario es considerable y sobre todo variopinta. En los papeles y fuera de ellos. Puede que Camus tuviera razón con la declaración citadísima del fútbol, la moral y la vida pero no me parece menos certero el juicio de Borges según el cual veintidós tíos en calzón corto persiguiendo una pelota nada tiene de hermoso. Y en esa falta de hermosura, en esa carencia de estética, radica principalmente mi objeción a la literatura futbolera. Pues por más que lo adornen los plumillas de toda índole y condición con adjetivos rumbosos y sonajeros, con ese garbo seguro del que saca a bailar a la más fea y un ingenio de Bergerac naufragado en los cafetines peores de la noche confusa, el fútbol no deja de ser un deporte de horteras.

Fijemos la prueba del algodón del cine, sublime y bello espectáculo (este sí) y medida de todas las cosas terrenales, para apreciar hasta qué punto el fútbol, como asunto artístico, no merece ni dos minutos de descuento. Piense el lector en las grandes películas que, por ejemplo, ha dado el viril y noble arte del boxeo. Así a botepronto y abreviando: El ídolo de barro, Más dura será la caída, Cuerpo y alma, The Set-Up, Fat City, Toro salvaje, Rocky, Million Dollar Baby…. Y ahora rebusquemos en el fondo de la retina el celuloide que el fútbol nos ha legado: Once pares de botas.

Pero, por encima de todo, el fútbol es un deporte aburrido. Aburridísimo. Más tedioso que la filmografía de cualquier cineasta iraní. En la espléndida La noche se mueve, el cornudo y apaleado detective (Gene Hackman volviéndolo a bordar) le dice a su pedante esposa: “Una vez vi una película de Rohmer. Fue como ver crecer la hierba”. Eso mismo del fútbol y toda su esforzada y fútil literatura: es como ver crecer el césped.

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