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Ver voces

Foto: David Mercado | Reuters

En un breve pasaje de la traducción latina de la Biblia se puede leer un pasaje que resuena hoy de un modo especial: “Todo el pueblo veía las voces”, escribe en la Vulgata san Jerónimo, subrayando el misterio de unas voces que se hacen visibles en medio del desierto. El filósofo francés Jean-Louis Chrétien ha construido uno de sus más bellos ensayos, La llamada y la respuesta, en torno a las implicaciones de este versículo del Éxodo, escrito hace más de dos mil quinientos años. La pregunta que se plantea Chrétien -“¿Veríamos sin la voz”- actúa como un interrogante que cuestiona no solo nuestro modo de mirar, sino nuestra relación con la realidad. Por supuesto, cada objeto, cada vínculo personal, cada estructura social nos interroga con su particular urgencia. Y la respuesta que le demos a estos interrogantes vendrá siempre mediada por un marco mental que denominamos cultura, compuesto por la experiencia, los conocimientos, los relatos y las narraciones que nos permiten ver y comprender el mundo.

La fractura social e ideológica que ha sufrido España en estos últimos años nos sirve de ilustración: una misma realidad se nos presenta con rostros distintos, a menudo irreconciliables. ¿Constituye España una nación fracasada o una historia de éxito en el contexto europeo? ¿Cuál es la calidad real de nuestra democracia? ¿Hay presos políticos en las cárceles? La respuesta a todas estas preguntas me parece obvia, pero no lo es para toda la ciudadanía. Porque en realidad analizamos la sociedad en la que vivimos con los ojos de las ideas que nos han formado, de modo que nuestra mirada depende en gran medida de las voces que hemos escuchado. El culto, por ejemplo, a las identidades cerradas –nacional, de género, ideológica, religiosa- ha servido para ir desgajando la cultura común en pos de una creciente atomización social. Pero no solo esto, los partidos demócratas en pugna alimentan esta disociación a partir de consignas que se repiten en forma de propaganda. Y así resulta posible sostener que la democracia española es de baja calidad. E incluso llegar a creérselo, a pesar de su patente falsedad.

Habitar en lugares distintos, hasta el punto de que nuestras emociones se encuentren sujetas a unas percepciones que se ajustan muy poco a la realidad, nos debería hacer reflexionar sobre el sentido de la pregunta de Chrétien: “¿Veríamos sin la voz?”. O lo que es lo mismo, ¿podemos pensar sin acudir a las ideas? De su sofisticación a la hora de incluir a los diferentes dependen muchas cosas. Para empezar, un grado razonable de cohesión social.

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