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Verano

Foto: HEINO KALIS | Reuters

Tendemos a hacernos una idea del Infierno en términos espaciales: el inframundo oscuro, por oposición a unas Alturas reconfortantes. Sin embargo, para mí siempre ha estado configurado en el eje temporal. Cuando llega el verano, desciendo sin buscarlo a una sima demoníaca donde me rodean vociferantes multitudes destetadas y enrojecidas por un clima al que no están acostumbrados; coches con las lunas bajadas atronando la canción de moda, ante el que uno quisiera poder confesar sus pecados y librarse del tormento. Los bares que frecuento el resto del año me castigan con subidas de precios y largas esperas entre cervezas o cafés; los supermercados me reciben con extensas colas ante unas cajas en las que bañistas aún con arena, a veces sin camiseta, actúan como si les amparara un decreto de felicidad obligada para todo el que acuda o viva en la ciudad.

Esta felicidad ajena tiene algo de afrenta, pero más aún de misterio. El verano, etapa gregaria por antonomasia, me recuerda mi tendencia –ya orgullosamente incorregible– a la soledad sonora de Juan Ramón Jiménez. Y me la recuerda porque me la dificulta, cuando no imposibilita. “¿Qué tengo yo que ver con la vida?”, se preguntaba Pessoa en El libro del desasosiego.

Un sol de justicia me derrite el ánimo, y mientras otros se broncean y notan el subidón de serotonina, yo me hundo en la apatía y me veo sentado frente al mar en Málaga, con las gotas de sudor en la frente, más cerca del comportamiento inmotivado de Mersault en El extranjero que de la fecundidad literaria de un Rilke disfrutando del estío en el hotel Reina Victoria de Ronda. Un buen amigo me definió esta estación en un epigrama que estas semanas recuerdo siempre ante la página en blanco, el libro sin abrir y el coche aparcado: verano, máxima desproporción entre realidad y expectativas.

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