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Verdad o acelerón: la encrucijada indepe

Foto: Manu Fernandez | AP Foto

Desde que fuera elegido presidente del Parlament, Roger Torrent ha protagonizado ya numerosos episodios de degradación de la vida institucional catalana, superando ya, sobre el escenario, a su antecesora Forcadell. El plantón al Rey, el lazo amarillo como atuendo en actos oficiales o la más reciente deslegitimación de la actuación de los jueces frente a la voluntad popular demuestran que fueron las prisas del separatismo por hacerse con el control del Parlament el 21-D y no la convicción de la necesaria vuelta a la senda constitucional lo que convirtieron al de ERC en presidente de la cámara. Pero lo que da cuenta de la poca voluntad que hay por parte de los actores independentistas de calmar las aguas no son solamente las evidentes faltas de respeto institucional sino sobre todo cómo se han conjurado para que en Cataluña nada cambie.

Se habla mucho de la debilidad de Puigdemont ante la posibilidad de que caiga en el olvido, pero lo cierto es que nadie en el independentismo, empezando por Torrent, ha hecho otra cosa que no sea ponérselo fácil a expresidente: secundando sin protestar sus propuestas de candidatos imposibles –el último, Jordi Sánchez- y bloqueando el Parlament al antojo de un huido de la Justicia. Hasta hace pocas horas, estaba previsto que esta misma mañana Sánchez presentara una demanda ante el TEDH en contra de la decisión del juez Llarena, una jugada a la que los partidos separatistas fiaban la viabilidad de una candidatura que ellos mismos saben frustrada. Hasta el punto que a última hora de ayer dieron marcha atrás y no habrá queja ante Estrasburgo.

Lo que pretende desde hace meses el independentismo es, desautorizados política y judicialmente para seguir con la vía unilateral, buscarle las costuras al Estado de Derecho para alimentar la ficción de la España autoritaria que, irresponsablemente, no sólo los independentistas dibujan. Sin embargo, de lo que no parecen ser conscientes mientras intentan –sin éxito- desacreditar a la Justicia española, es de que lo que sí goza de muy mala prensa son sus llamadas a la movilización popular como atenuante a las resoluciones judiciales o su rechazo a la separación de poderes: ni la contemplaban en el esbozo de ley de su particular República ni muestran las mínimas señales de querer respetarla. Por eso no entienden que los demócratas estamos dispuestos a asumir las enmiendas que haga falta respecto a nuestro Estado de Derecho, pero lo que no vamos a aceptar son lecciones de quienes arrastran semejante historial parlamentario.

El independentismo debe asumir que su situación hoy es consecuencia de una acción gubernamental contra la democracia: no contra España –no cesará la retórica en ese sentido-, ni contra la mayoría de los catalanes, sino contra principios democráticos elementales. ‘Hacer República’ o cualquier otro eufemismo como los que incluye el documento de acuerdo de Gobierno derivados de las ilegalidades de septiembre y octubre supone más 155 y más enfrentamiento. La marcha atrás de ayer respecto a la demanda ante el TEDH evidencia que la farsa que han urdido que pretende asimilar la democracia española a la situación en Turquía no tiene recorrido alguno. Si mantuviesen un ápice de honestidad, deberían explicar públicamente que nada de lo que han prometido se va a materializar porque han mentido no sólo en sus objetivos irrealizables sino también en la construcción de su relato antiespañol.

Difícilmente eso suceda con prontitud y sin más costes para el conjunto de los catalanes. Ayer la ANC y Òmnium insistían en exigir la República y rechazar cualquier suerte de gobierno autonómico. Más allá de la impertinencia en la que incurren estas entidades, que a nadie representan y en nombre de todos hablan, la elección del independentismo es cristalina: o admiten ante los suyos que llevan meses sin rumbo más allá de la mentira o siguen en sus trece impulsando un desafío que no hará sino mantener en los tribunales la situación política Cataluña. La sombra de elecciones que alimenta Puigdemont no hace sino aumentar los gestos de enfrentamiento del independentismo, con ERC acomplejada y con medio a quedar como el traidor de la película -¡ay si no se hubieran hartado a colgar durante años ese sambenito!-. A tenor, pues, de cómo Torrent obedece a pies juntillas al expresidente fugado a Waterloo, el coqueteo con la unilateralidad tiene muchas opciones de seguir marcando la agenda catalana.

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