Julia Escobar

Viajar es de pobres

«Desde que ingresamos en la UE y nos convertimos en el parque temático de Europa, en detrimento de nuestra industria, se ha convertido en uno de los pilares de nuestra subsistencia»

Opinión

Viajar es de pobres
Foto: Jesus Diges| EFE

Con el final del estado de alarma –que no de la pandemia– el pasado día 9 se produjo la consiguiente y previsible juerga popular nocturna, en el mejor estilo medieval suicida, llamada «efecto Ayuso» por los muy escaldados enemigos políticos del PP. Como muy bien recuerda Cristina Losada también ocurrió el ante verano pasado a raíz de la instauración por decreto gubernamental de «la nueva normalidad», sin necesidad de que hubieran perdido las elecciones del M4M (Madrid 4 de marzo, para los amantes de las siglas).

Ese afán por comer y beber es tan humano que a ello no se niegan ni los condenados a muerte y se evidencia muy bien en la forma en que todos, con dramáticas excepciones, nos precipitamos a comer y a beber tras un entierro o un velatorio, como si no hubiera futuro. Esa es nuestra obligación de supervivientes y el mejor homenaje que podemos hacer a quienes nos han dejado, que en mi caso son ya tantos que cuando no puedo dormir en vez de contar ovejitas cuento muertos.

Porque la muerte da hambre y no es casualidad que en las proximidades de los cementerios proliferen tascas y restaurantes, llenas a rebosar, donde a veces ocurren cosas chuscas como lo de aquellas dos mujeres (viuda e hija) de un amigo que ahogaron sus penas en el vino y agarraron tal curda que se olvidaron de la urna con sus cenizas en el último bar en el que estuvieron. Para tranquilizarles les diré que la recuperaron.

«El muerto al hoyo y el vivo al bollo», «bebamos y vivamos mientras podamos», dice la sabiduría popular, siempre acertada. «Hay que intentar vivir», añade en otro registro el exquisito poeta francés Paul Valéry en su «Cementerio marino», cuyo famoso verso «la mer, la mer, toujours recommencée» yo consideraba una de las mejores descripciones de la monotonía del movimiento del mar y traduje en su día por «el mar, el mar sin cesar renovándose» hasta que me encontré con esto de Quevedo que lo superó:  «Como el que, divertido, el mar navega, y, sin moverse, vuela con el viento, y antes que piense en acercarse, llega».

Pero dejemos la poesía, cerremos la puerta a la imaginación (la loca de la casa, que decía Galdós) y volvamos a la cruda y dura realidad, llamada doña Realidad por el mismo autor, para recordar a quienes se escandalizan de lo que ellos califican de aspecto tabernario del exitoso movimiento popular de protesta iniciado por la pérfida Isabel Díaz Ayuso que, cuando los socialistas llegaron al poder en 1982, sus altos cargos y los sindicalistas liberados se destacaron por un desmesurado afán de ir a restaurantes de lujo a atiborrarse de mariscos y otras delicias del mar. Había un famoso sindicalista, apodado precisamente «a mí lubina» por su marcada preferencia por ese delicioso pescado en un restaurante muy conocido y bastante caro que los nuevos ricos socialistas frecuentaron en masa por su famosa variante de «lubina a la sal». Pues bien, esos sobrios sindicalistas comunistas y socialistas de antaño y sus herederos fiscales, que acababan las manifestaciones contra el hambre y otras lacras sociales al grito de «¡y ahora a tomar unas cervecitas!», califican últimamente a los votantes de Díaz Ayuso de «tabernarios» y borrachuzos… Vivir para ver.

Al amparo de la segunda nueva normalidad no sólo se ha abierto la hostelería sino el turismo. Desde que ingresamos en la UE y nos convertimos en el parque temático de Europa, en detrimento de nuestra industria y, sobre todo, de nuestra agricultura y ganadería, el turismo, tanto el exterior como el interior, se ha convertido en uno de los pilares de nuestra subsistencia.  El que tendrá sin duda ahora más relevancia es el turismo cultural y el rural que ya estaban salvando la economía de muchas poblaciones, bendecidas por el arte o por la naturaleza, aunque también se las estaban cargando.

Este turismo, al que España, rica en patrimonio artístico y paisajístico, estaba particularmente abocada, se centró al principio en el cultural para dedicarse ahora, con especial saña, al rural. Ya no hay cerro, loma, pico, cañón, duna, enebral, hayedo, torrente o salina que no sea pisoteado ritualmente durante los fines de semana, en invierno y todos los días en verano. Si el emplazamiento singular, como se dice ahora, o paraje incomparable, como se decía antes, está aderezado por alguna construcción, ya sea cueva, castro, ruina románica o ermita rehabilitada, pronto empiezan a proliferar en los alrededores los merenderos y restaurantes que, aunque separados por carteles disuasorios del lugar de culto, hacen imposible su acceso porque se convierten, a su vez, en el verdadero objetivo de la peregrinación.

Comprendo que no es fácil encontrar el equilibrio para compensar los efectos deletéreos del turismo y al mismo tiempo vivir de él. Todos tenemos derecho a acceder a los lugares naturales o a visitar los monumentos, pero por eso mismo hay que protegerlos tanto del uso indebido de nuestra libertad de semovientes como de las hordas que sólo suben a la montaña si hay un buen restaurante en la cumbre y un parque temático.

Entonces ya no será una montaña, será una guardería infantil pues, como dice el geógrafo Eduardo Martínez de Pisón, «Para que la montaña te hable, tienes que estar a solas con ella, y ha de seguir dominándote, que sea el gigante y tú el enano. Si le quitas ese papel seguirá estando ahí, pero ya no será grandiosa, será un espectáculo más». Es la misma diferencia que hay entre vivir una experiencia personal y ver una película.

No sé qué consecuencias tendrá ahora la abstención de esos dieciocho meses, pero me temo lo peor y me acuerdo siempre de lo que decía al respecto un amigo que por su profesión y su cosmopolita composición familiar se vio siempre obligado a moverse de un lado a otro del planeta: que viajar es de pobres. No sé si se refería a la pobreza interior o a que la mayoría paga sus viajes a plazos y las deudas les mantienen en un estado de pobreza y sujeción muy similar al de los siervos de la gleba respecto al señor feudal, encarnado ahora en los bancos. Aunque yo realmente creo que lo que es de pobres es cocinar, pero esa es otra historia.

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