Jordi Amat

Viajes Juan Carlos

"Estamos entre el 23 y el 26 de octubre de 1977. En Los años que todo lo cambiaron Alberto Oliart rememora el episodio (por supuesto nacional)"

Opinión

Viajes Juan Carlos
Foto: Yousef Al-Doubisi
Jordi Amat

Jordi Amat

Filólogo, escribe biografías y ensayos. Colabora en prensa. Ha acabado devorado por los artículos de opinión sobre el Procés.

Estamos entre el 23 y el 26 de octubre de 1977. En Los años que todo lo cambiaron Alberto Oliart rememora el episodio (por supuesto nacional). Son las 3 de la madrugada. Él duerme en la habitación del palacio donde se aloja junto al resto de la delegación. Suena el teléfono. Descuelga desde la cama. Juan Carlos. El monarca le pregunta si está dormido y anuncia al Ministro de Industria que vendrán a buscarle para que no se pierda y así puedan reunirse junto al de Exteriores, que era Marcelino Oreja. Avanza por los pasillos y llega al salón donde les espera el Rey. Aunque están en Arabia Saudí, el Jefe del Estado sostiene un vaso con whisky. “No se te ocurra decir aquí que hemos entrado un par de botellas de whisky de extranjis; lo tomo a estas horas porque así no me ve la reina, porque si no la que me riñe es ella”. Comentan el discurso. Cuando los ministros empiezan a beber, Juan Carlos empieza a fumar uno de los habanos. Se los manda Fidel Castro. Sofía tampoco debe saberlo y él les explica cómo los consigue. “He pedido que se conserve el avión que va directamente de España a La Habana y no solo he dicho que se conserve, sino que si me autorizan, mando dos, y llevamos medicinas para los cubanos”.

Durante ese viaje Oliart se reúne con el Ministro saudí de Defensa. También es príncipe, pero no se parece a los que conocieron en la cena de gala en una jaima en medio del desierto. “Era prácticamente negro”. Hijo de Saúd, sí, pero con una esclava negra. Y va al grano. A Arabia le interesaría comprar armamento español. A poder ser bombas de aviación. No es un trámite fácil, le cuenta Oliart, debe autorizarlo una comisión del Ministerio de Defensa que, a su vez, está presidida por el Ministro de Exteriores. Pero nuestro Ministro sabe que su función es facilitar el interés de las empresas patrias. El mes pasado en Venezuela, pongamos por caso. En Madrid el Rey le había pedido un acuerdo para que empresas españolas construyeran ferrocarriles. Y ya puestos, el astillero. Oliart lo consiguió y Juan Carlos allí lo firmó. Y ahora en Riad, en el caso del armamento, tal vez Juan Carlos podría volver a lubricar un nuevo acuerdo. Así se lo planteó Oliart al Ministro. “Las excelentes relaciones entre ambos monarcas”. No habría, pues, problemas con el pedido.

Después Alberto Oliart fue a la cena oficial y Juan Carlos le enseñó los regalos que le había hecho su homónimo: a él una edición príncipe de la segunda parte del Quijote, a ella joyas valoradas en 500 millones de pesetas. Misión cumplida.

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