Beatriz Manjón

Viciollamada

«Se pueden tener amigos y no querer verlos, como decía Charles Lamb, que es una forma infalible de conservar la amistad»

Opinión

Viciollamada
Foto: Ketut Subiyanto| Pexels
Beatriz Manjón

Beatriz Manjón

Gallega sin escalera. Periodista. Coleccionista de rechazos editoriales. Mis mejores páginas son, ay, las que no escribo. Intento vivir a salto de cata.

Una de las consecuencias más amenazantes de los rebrotes es la vuelta de las videollamadas, que creíamos aparcadas junto a la masa madre y el Resistiré. Tinder ha empezado a probar las citas por videoconferencia. Si tenemos en cuenta aquello de Seinfeld de que una cita es como una entrevista de trabajo, pero con más posibilidades de acabar desnudos, los usuarios serán más vulnerables. Claro que el amor ya es un hackeo. Hacienda se suma a dejarnos virtualmente en cueros y hará inspecciones por videoreunión, que es una redundancia, pues cualquier videollamada tiene algo de examen de la intimidad del prójimo, aunque hoy caben pocos descubrimientos porque todo el mundo se exhibe.

En 1948 Joaquín Calvo Sotelo escribía en ABC que el último refugio de la conversación era la sobremesa. Daba por desaparecida la costumbre de las visitas, una vez finiquitada la charla como menester social y “la vecindad —con sus fueros, sus deberes y obligaciones— como fuente de convivencia”. Casas más pequeñas y vecinos multiplicados, la mayoría desconocidos, hacían inviable recibir como antaño. Ahora, con la sobremesa haciendo equilibrios sobre una cinta métrica y el diálogo herido de muerte por el fanatismo, incluido el celular, revive en la videollamada una forma empobrecida de visita, sin el protocolo y fuste de entonces, pero con la ventaja de tener que enseñar solo un rincón de la casa.

Las videollamadas se reconocen por lo que chillan. Los primeros minutos se verifica la escucha, como en las verbenas de pueblo. Luego se confirma la ubicación: “estoy aquí, en la piscina”, por si el agua o las tumbonas no fueran suficiente pista. El diálogo consiste en pisarse los monólogos, que son el veneno del español:

—Tengo una contractura…

—Menuda insolación me cogí ayer…

No se trata de conversar, sino de conservar el contacto. Si Calvo Sotelo advertía que reducir la charla a la sobremesa privaba de brillantez el coloquio, imaginen rebajarla a una videoreunión en la que los interlocutores están más pendientes de su imagen que del verbo; tanto que los especialistas en belleza constatan una mayor demanda de retoques estéticos, que a veces son más bien estáticos.

La prensa de autoayuda nos bombardea con decálogos para una videoconferencia fetén, ignorando que la videollamada perfecta es aquella que se declina. El primer requisito es el consenso, pues, de lo contrario, sería una violallamada. Estar sobre aviso da el beneficio de la muda y de procurarse una buena iluminación. Además, permite preparar el bodegón con esos libros que Rafael Reig llama “de uso tópico”, que funcionan con solo ponerlos en el sitio. Si se invirtiera tanto tiempo en leer como en presumir que se lee, España sería Finlandia. Y ya que las apariencias apañan, también hay fondos virtuales de playas paradisíacas o mansiones. En la comunicación actual lo de menos es hacerse entender y lo de más hacerse envidiar.

Fuera de su utilidad para acercar a los que están lejos y comunicar a los incomunicados, la videollamada se vuelve viciollamada. Con su abuso se corre el riesgo de alejar a los que están cerca. Porque se pueden tener amigos y no querer verlos, como decía Charles Lamb, que es una forma infalible de conservar la amistad. A veces no se está ni para uno mismo.

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