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Víctimas

Foto: Trym Nilsen | Unplash

Durante la Pascua, los judíos sacrificaban un cordero a Dios: un animal sin defectos, inmaculado. A los dioses no se les ofrece ni el saldo ni los despojos, sino las primicias más lustrosas (porque, en definitiva, se trata de congraciarse con ellos). En el caso de los hebreos, hay un matiz interesante: el rechazo del defecto físico no es una cuestión estética, sino moral. Los pecados de los padres se pagan en los hijos, de modo que una pierna tullida o la lepra no son un azar genético sino la prueba de una parentela corrompida. (Hay que admitir que es una justificación del mal bastante eficiente). En latín, estos animales que terminaban bajo el cuchillo de los sacerdotes se llaman víctimas.

 

Ser víctima de algo crea, instantáneamente, una reacción solidaria.

 

Ninguna época ha estado tan preocupada por la identidad como la nuestra. El continuo descubrimiento de lo que uno es y la variedad de lo que uno puede ser ha creado un enjambre de etiquetas –de categorías– portentoso. Entre toda esta vorágine, hay un creador de identidades muy particular: ser víctima de algo. No es una novedad que la identidad se construya como una acción pasiva –así funciona la nacionalidad o la familia–, pero el caso de las víctimas es singular.

 

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No es una novedad que la identidad se construya como una acción pasiva | Foto Chris Barbalis | Unsplash

 

Ser víctima de algo –el victimario aún no es relevante– crea, instantáneamente, una reacción solidaria. Lo hace con las otras víctimas de ese algo, pero también con el resto de la sociedad. Si a usted le roban por la calle, es la sociedad (mediante un sistema más o menos elaborado de representación) quien detiene al ladrón y lo castiga en consecuencia. Por tanto, es lógico que, ante un crimen particularmente abyecto, esa misma sociedad que debía haberle evitado ese mal –no solo se trata de castigar el delito, sino también de evitarlo– se sienta en deuda.

 

Puede que en nuestras cabezas aún opere la lógica según la cual una víctima es enteramente pura, y la pureza se parece a la bondad; y nada atrae tantos atributos como ella.

 

Hay quien entiende que padecer algo proporciona un conocimiento cualificado sobre ese algo. Puede que en nuestras cabezas aún opere la lógica según la cual una víctima es enteramente pura, y la pureza se parece a la bondad; y nada atrae tantos atributos como ella. (La unión de los trascendentales sigue más viva de lo que parece). Tenemos una asentada querencia al martirologio. Si juzgamos que alguien inocente ha recibido un mal, es muy probable que empecemos a atribuirle toda clase de bondades o de capacidades, a interesarnos por momentos biográficos tiernos o aleccionadores que, en realidad, no tienen relevancia. Si una mujer es asesinada por su marido, que fuera buena o mala persona es absolutamente irrelevante. Se puede ser un perfecto malnacido y que un comando te pegue dos tiros, como se puede ser una anciana adorable y que el banco te eche de tu casa. Y, en tanto víctimas, todas son iguales.

 

Víctimas 1

 

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La condición de víctima está cerrada sobre su propia desgracia, y ahí, contenida entre sus pliegues, permanece inalterable. Solo depende de haber recibido injustamente un mal y no otorga nada más que ese mal. En Si esto es un hombre, Primo Levi deja claro que los que sobrevivieron a los campos de concentración –los que generaron el relato– no fueron los mejores. Pero todos padecieron el Holocausto –que significa «sacrificio»–: los amables, los crueles, los generosos y los egoístas.

Lamentablemente, ser víctima no acredita para nada. Más bien, levanta precauciones. En un juicio no se deja que los afectados dicten sentencia. Se les escucha, se juzga la verosimilitud de su testimonio y se obra en consecuencia. La justicia es, sobre todo, desapasionamiento. Se ha de respetar su dolor, hacerles justicia y, si fuera posible, restituir la dignidad que el crimen les ha arrebatado. Pero poco más se puede hacer.

 

Lamentablemente, ser víctima no acredita para nada. Más bien, levanta precauciones.

 

Pero volvamos al asunto de la identidad. Afortunadamente, nuestro tiempo ha señalado con bastante precisión diversas opresiones estructurales. Esto deja, como es obvio, un montón de damnificados. Por tanto, si alguien quiere construir su identidad en tanto oprimido por o víctima de, puede encontrar, con bastante facilidad, una opción que le satisfaga. Sin duda que estas opresiones son tales, y que pueden llegar a puntos criminales y abominables. Tampoco discuto la inocencia de las víctimas ante sus agresores: no son responsables de una micra del daño que reciben. Y en buena medida no lo discuto porque, tal como hemos expuesto, la condición de víctima no depende de ser mejor o peor ciudadano, sino de haber recibido un mal de manera injusta.

 

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Si empezamos a aceptar que una víctima tiene una legitimidad especial, corremos el riesgo de sumergirnos en un discurso fragmentario| Foto: Samuel Martins | Unplash

 

Si usted acepta nuestras definiciones, tendrá que concluir que asentar la identidad sobre el ser víctima de es más bien inútil. La condición completamente trágica de la víctima no concede otra cosa que la continua enunciación de su carácter desdichado. Su estructura pasiva –ser algo de algo– bloquea la identidad en una relación sórdida con el verdugo, que ancla lo que uno es al daño que ha recibido. La manifestación del dolor recibido y la proclamación del testimonio –ya sea para reclamar justicia o para confortar a otros que se encuentren en una situación similar– es absolutamente legítima, pero esta legitimidad se queda reducida a estas estrecheces. No permite nada más que la continua evocación de la experiencia sufrida. No otorga, por sí sola, autoridad sobre ningún otro asunto.

 

La condición completamente trágica de la víctima no concede otra cosa que la continua enunciación de su carácter desdichado.

 

Los problemas conceptuales –terminológicos– son más peligrosos de lo que pueda parecer. Si empezamos a aceptar que una víctima tiene una legitimidad especial, una competencia particular, corremos el riesgo de sumergirnos en un discurso fragmentario donde cada cual se trepa a su sillón de pontificar. Cualquiera es capaz de reconocerse víctima de una opresión, y esto termina acumulando tanto ruido y tanto lamento que al final desactiva las reivindicaciones legítimas y fundamentadas. Viviremos en el barullo del narcisismo y la multiplicación de los entes sin necesidad. Al final, el debate se reduce a airear carnés, a medirse las opresiones y, en resumen, a bramar desde el argumento de autoridad. «Yo sé de esto, así que calla y escucha».

Desgraciadamente, hay experiencias de las que no se puede sacar nada bueno.

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