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"Las clínicas ofrecen facilidades para aplazar el tiempo y los pagos: de la belleza como duda hemos pasado a la belleza como deuda.

Foto: Igor Starkov | Unsplash

Un vecino ha intentado comprarle el bótox a la presidenta de mi comunidad: tratamientos estéticos gratis a cambio de que haga la vista gorda —o vista de complexión ancha, si nos ponemos melindrosos— con una obra ilegal en su terraza. Ya no se soborna como antes. Ahora, en vez de regalarte jamones, prometen quitártelos, porque, aunque no lo diga el CIS, la imagen es una de las principales preocupaciones. Y es que las apariencias apañan: un amor, un trabajo, unos seguidores, una presidencia del Gobierno… Extraña que en la era de «Pedro, el guapo», quien bastante tiene con cuidar la firmeza de su jeta como para tener firme algo más, no haya una vicepresidencia de belleza.

Corren tiempos infiltrantes en los que se cacarea que la perfección existe. Y en verdad existe, pero compartimentada. Hay perfectos caraduras, por ejemplo. Nos cuidamos con celo, como si tuviéramos la convicción de ir a donar nuestro cuerpo a la ciencia y temiéramos que nos lo devolvieran. Las clínicas ofrecen facilidades para aplazar el tiempo y los pagos: de la belleza como duda hemos pasado a la belleza como deuda.

A las consultas de los médicos estéticos llegan pacientes, cada vez más jóvenes, que no se reconocen en el espejo, sino en las fotos, como los políticos. Parecen haber llegado con anticipación a ese momento de la vida descrito por Azorín en que se descubre que la imagen de la realidad es mejor que la realidad misma. Desean asemejarse a su yo con filtro instagrámico y postulan que la arruga no es bella, sino mella. Por fortuna, ya no piden labios como sofás dalinianos ni pechos que les sirvan de pesas cuando no tengan a mano el gimnasio. Ansían el retoque luminoso del selfi, la paz hialurónica del photoshop. ¿Quién dijo que la juventud no se movilizaba? Más movilizada imposible: el móvil como espejo de madrastra de Blancanieves, como canon de belleza y verdad. Y la belleza como muestra de bienestar social. Claro que habría que preocuparse menos del bienestar y más del «bienser».

Antes, de muchachos, queríamos ser mayores. Ahora, incumplidas las promesas de la madurez, algunos mozos solo quieren ser jóvenes, prototípicos y brillantes, como recién salidos de fábrica. Pero son jóvenes con miedos de senectud —el pavor a la sanguijuela de la edad—, o sea, ancianos prematuros, porque nada envejece más que la obsesión por parecer joven. «Un joven —escribe Andrés Neuman— no es piel tierna / ni una fuerza infinita, solo es alguien / que en el fondo de sí se siente intacto, / alguien cuya esperanza / tiene menos de esfuerzo que de jarrón brillante». Los jóvenes esforzados en aparentarlo, cuya trabajosa esperanza es el like, ignoran que los tratamientos estéticos no devuelven la juventud: superponen sobre el lienzo usado pinceladas nuevas. Planchados y turgentes, con los años serán como De Niro en El irlandés, dando patadas osteoporósicas al saco del tiempo. La juventud no es más que la página de una novela que se pasa de repente.

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