José Carlos Rodríguez

Virus y civilización

"La palabra 'viral' nos remite a la enfermedad, pero también a la comunicación vertiginosa entre cuerpos"

Opinión

Virus y civilización
Foto: Mykola Tys
José Carlos Rodríguez

José Carlos Rodríguez

Elegí vivir de contar lo que acaece. De todas las ideas sobre cómo debemos convivir, la libertad no me parece la peor.

Tres millares de personas han muerto a la hora de entregar este artículo por el coronavirus (covid-19). La mayoría han muerto con el virus, más que por su sola causa, y la enfermedad vírica ha detenido el funcionamiento de unos cuerpos con las defensas muy bajas, o alguna enfermedad pulmonar, o con esa edad en la que cualquier peligro puede ser letal. El número de afectados supera los 90.000. Todo ello según los datos oficiales, muchos procedentes de una dictadura mentirosa como es la de China.

Los virus, además de proporcionarnos infinidad de metáforas sobre la vida moderna en que todo se comunica, han asolado la población mundial en sucesivas oleadas, al menos desde la gripe rusa de finales del XIX. La (mal) llamada gripe española, entre los años 1918 y 1920, mató a 50 millones de personas, el equivalente a 215 millones de personas sobre la población actual. La siguiente gran pandemia, la gripe asiática de finales de los 50, pudo acabar con la vida de cuatro millones de personas, según las estimaciones más pesimistas. La pandemia de 2009 pudo acabar con más de 200.000 personas, lo que supone un orden de magnitud menor. Hay una clara tendencia a limitar la capacidad de los virus de adelantar nuestra muerte. Y eso que cada vez somos más y que vivimos más años, de modo que la población más vulnerable, la de mayor edad, ha crecido de forma extraordinaria. Nuestra sempiterna lucha por dominar la naturaleza tiene en el control de las enfermedades y la lucha contra sus síntomas una de las batallas más exitosas.

La palabra “viral” nos remite a la enfermedad, pero también a la comunicación vertiginosa entre cuerpos. Y la comunicación, de personas, bienes e ideas, es el entramado básico de la civilización. Cada vez nos desplazamos más. Los Gobiernos tienen que esmerarse en erigir fronteras para controlar los territorios, mientras que nosotros queremos rebasalas como si fueran el meridiano de Greenwich, parafraseando a Stefan Zweig. Los vuelos en avión están al alcance de cualquier bolsillo, y el mapa del mundo se achica cada año. Cualquier empresa industrial, por pequeña que sea, puede plantearse participar en el comercio global. Y todo ese tráfago de cuerpos expande los virus de forma exponencial. Por eso, cuando hay que tomar medidas de precaución ante su sibilino ataque, sufre la colaboración humana y se hunden las bolsas como señal de un grave quebranto económico.

Y es ese crecimiento, esa paulatina contribución por crear riqueza, la que hace precisamente que la civilización esté sometiendo a nuestro inveterado enemigo.

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