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Opiniones libres de algoritmos

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Visto y no visto

Foto: Cristina Cifuentes | Flickr bajo Licencia Creative Commons

Que uno de los acontecimientos decisivos de la vida política es la repentina visibilidad pública de aquello que antes permanecía oculto, puede comprobarse en buena parte del cine político. Si la negativa de un joven senador a allanar el camino para la nominación del nuevo Secretario de Estado le hace objeto de chantaje por su pasado homosexual y la presión subsiguiente le lleva al suicidio en Tempestad sobre Washington (Otto Preminger, 1962), la amenaza de llevar a la prensa la relación del candidato presidencial con una becaria a la que ha dejado embarazada permite a un ambicioso asesor al que había despedido convertirse en su mano derecha en Los idus de marzo (George Clooney, 2011). Nada causa más pavor que la mirada del público. Y con razón.

Pero el problema de la visibilidad política no se agota en el riesgo, siempre latente, de que los trapos sucios de sus protagonistas sean expuestos a la luz pública. Aún más decisivo para el destino de las democracias es la delimitación del campo de visión de sus ciudadanos: aquello que vemos en cada momento, que es también aquello a lo que prestamos atención. Sobre esto ha escrito el filósofo francés Jacques Rancière, que subraya la cualidad estética de la política: una lucha por hacer visible lo que antes no era visible. Pensemos en la actual conspicuidad de la causa feminista o en cómo durante años las víctimas de ETA -ahora que se disuelve- carecieron de relieve público. Es verdad que hacer visible un asunto solo es una parte de la tarea de quienes desean darle relieve político; la segunda es fijar el significado que haya de dársele y promover las políticas públicas correspondientes.

Distintas como son, las dos facetas de la ocularidad política se ven afectadas hoy por el mismo fenómeno: el crecimiento de unas redes sociales que, en conjunción con otros aspectos de la digitalización, está proporcionando al público una fuerza disruptora formidable. Hemos tenido ocasión de comprobarlo recientemente: del hurto de Cifuentes a la biografía del juez discrepante en el caso de La Manada. Pero también en los feroces ataques padecidos por el politólogo Víctor Lapuente después de publicar un artículo que exploraba las raíces psicobiológicas de la agresividad sexual masculina.

No hay salida: estamos encerrados con un solo juguete. Un juguete que, como el bebé que se familiariza con un objeto, manejamos todavía con torpeza. La pregunta es si aprenderemos, poco a poco, a hacerlo mejor. O incluso: si un juguete así puede, en realidad, manejarse mejor.

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