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¡Viva Barrio Sésamo!

Foto: Congreso de los Diputados

En un mes, exactamente dentro de 31 días, España celebrará las 13º elecciones después de la aprobación de la Constitución de 1978, las que abrirán la puerta a la XIII Legislatura de la democracia constitucional española. Las elecciones de la I Legislatura se celebraron hace cuatro décadas, en marzo de 1979, casi dos años después de las que recuerdan, incluso, quienes en ese momento aún no habían nacido: aquellas de junio de 1977 que pusieron en marcha la redacción de la Constitución de todos. ¿Por qué les cuento todo esto si ustedes lo conocen de sobra? Para que no se nos olvide; para que no demos por descontado nada por mucho que hayan pasado ya más de 40 años.

Solo un ejemplo, por destacar lo más obvio. No hay que haber estudiado mucho para saber que un Estado existe cuando tiene el monopolio del uso de la fuerza, y que ese Estado será democrático si el monopolio del uso de la fuerza está legitimado por el sometimiento de todos al imperio de la ley; de la ley que redactan y aprueban los Parlamentos elegidos democráticamente en las urnas.

En términos de Barrio Sésamo, en el salvaje oeste retratado por Hollywood dirimían sus diferencias a tiros, pero también allí las cosas empezaron a mejorar cuando sus habitantes colocaron una estrella en el chaleco del buen tirador, le nombraron sheriff y le pidieron que se ocupara de defenderles a todos.

Que algo tan evidente pueda estar en el debate político previo a unas elecciones tan competidas como las del 28 de abril muestra el riesgo deletéreo de determinadas ofertas políticas. Obviedad por obviedad, un buen medidor de la calidad democrática de los partidos en una democracia es el respeto -real- que éstos tienen por la labor de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado; un respeto que empieza por reconocerles el monopolio del uso legítimo de la fuerza. Y éste no es un tema para hacer bromas.

La XIII Legislatura, como las doce anteriores más la constituyente, se apoyará en dos Cámaras, el Congreso y el Senado, que tienen dos sistemas de elección diferente. En el Congreso, los diputados se eligen por un sistema casi proporcional… que -ojo- es menos proporcional cuanto más pequeña sea la circunscripción. Los senadores, mientras, se eligen por un sistema mayoritario.

Con la ayuda a Barrio Sésamo, sabemos que repartir una tarta proporcionalmente exige que se puedan hacer muchas porciones: tantas como invitados que reclaman porción. En el Congreso, los diputados son las porciones y los invitados los partidos que se presentan a la elección. Pero si una provincia solo tiene 2 diputados (Soria), solo podrá hacer dos porciones y no tendrán representación (porción) los partidos con menos votos que los dos primeros. El Barrio Sésamo de las tartas y las porciones resume el debate sobre los riesgos de la fragmentación del voto en el reparto de diputados al Congreso; una fragmentación que en estas elecciones afecta especialmente al espectro de la derecha política.

El sistema mayoritario de reparto de escaños en el Senado funciona de otra forma. Con la excepción de las islas, en cada provincia reparte cuatro senadores (cuatro porciones de la tarta de Barrio Sésamo). El partido más votado se lleva tres porciones de tarta (tres senadores); el segundo más votado, una (un senador). ¿Y el resto? Exactamente nada. Eso que llaman la fragmentación del voto tiene el obvio resultado de que es más probable ser el partido más votado si sufres menos de ese nuevo problema fragmentario.

En los últimos 40 años, el panorama político español pasó de la sopa de letras del estreno de nuestra democracia a un bipartidismo imperfecto con mucho peso político de los partidos nacionalistas -que son los que concentran todo su voto en muy pocas provincias- como respuesta de Barrio Sésamo a los costes de la fragmentación del voto. La irrupción de Podemos tras su 15-M y el éxito de Ciudadanos por la crisis política en Cataluña pusieron en marcha un remolino político al que ahora se ha sumado Vox.

Cada elección construye un puente sobre las aguas turbulentas de las preferencias políticas de los ciudadanos sobre el que eligen transitar durante la legislatura. Con ésta, la democracia española ya sumará 13 legislaturas y, con permiso de Barrio Sésamo, no debería haber motivos para ser supersticiosos.

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