Pilar Marcos

Vivir entre quimeras

«El problema con las quimeras, de la fantasía de la mitología clásica a la inquietante realidad de hoy, era -y son- los límites»

Opinión

Vivir entre quimeras
Foto: Rodrigo Jimenez| EFE
Pilar Marcos

Pilar Marcos

No imagino una vida sin devorar noticias de última hora, análisis mejores y peores… Y menos una en la que la política no marque el pulso diario.

La Real Academia ofrece tres acepciones para definir «quimera». La segunda es la que más utilizamos: ‘Aquello que se propone a la imaginación como posible o verdadero, no siéndolo’. La primera incluye -con el recato de eludir su mención- todos los experimentos de mezcla genética que estarían llevándose a cabo más allá de lo que es razonable imaginar: ‘En la mitología clásica, monstruo imaginario que vomitaba llamas y tenía cabeza de león, vientre de cabra y cola de dragón’. Desconocía la tercera -‘pendencia, riña o contienda’-, pero es el lógico resultado al que nos llevan las dos primeras.

Sin ánimo de entrar en quimeras (‘pendencia, riña o contienda’) con la RAE (¡faltaba más!), sino solo de observar la quimera de todo lo que nos está tocando vivir, me atrevo a sugerir que, de las quimeras de la mitología clásica, de aquellas temibles construcciones que poblaron las pesadillas de la imaginación humana cuando obviaba sus límites, hemos pasado a las quimeras de hoy: temibles construcciones que la imaginación humana es capaz de convertir en realidad cuando obvia sus límites.

Porque el problema con las quimeras, de la fantasía de la mitología clásica a la inquietante realidad de hoy, era -y son- los límites. Cuando no hay límites, cualquier monstruo quimérico amenaza con hacerse realidad. Conocemos tres límites. Los límites de la ley, esa antigua coraza que permite a las gentes del común protegerse de la arbitrariedad y los caprichos de los poderosos. Los límites de nuestra brújula moral, si no está desimantada. Y los límites de lo materialmente posible, que la capacidad humana intenta ampliar desde siempre, con preocupante éxito.

Las quimeras de ensayo genético parcialmente humano merecen mucho más que un artículo. De entrada, exigen mucha más información sobre lo que se está ensayando: dónde, con qué propósitos y con cuánto resultado. Si el humano del futuro se está hoy ensamblando -genéticamente- en algún laboratorio, lo menos que puede exigir el humano del presente es saber qué vendrá después. Tiene derecho a conocer cuál es la frontera del próximo mundo feliz.

Aquí, de momento, nos ocupan quimeras más prosaicas: de ensayo político parcialmente democrático. La última, verdaderamente quimérica, consiste en atribuir «rencor y venganza» a la aplicación de la ley con justicia (posiblemente no hay forma más rotunda de desacreditar el imperio de la ley que sustenta cualquier democracia), y en vestir con una vistosa túnica de «magnanimidad» a la arbitraria concesión de autoindultos con los que estirar al máximo esta temporada en el Gobierno.

Rencorosos y vengativos de muy variada condición nos reunimos ayer en la madrileña plaza de Colón contra la nueva-magnanimidad. Bajo el implacable sol de Madrid, los manifestantes nos manifestamos contra la quimera de pretender que un golpe posmoderno no puede ser un golpe de Estado porque alguien decide que el golpismo, por definición, es premoderno.

Nos manifestamos contra la quimera que pone por delante de la ley los supuestos buenos sentimientos de quien tiene un altavoz lo suficientemente potente como para martillear su propaganda por encima de la razón.

Allí aguantamos al sol contra la quimera de que es la bondad sobrevenida, y no el cálculo de escaños que apoyan a su Gobierno, lo que mueve al presidente Sánchez a su triple decisión: 1. Aprobar sus indultos. 2. Modificar la tipificación de los delitos de sus indultados en el Código Penal (para que cuando llegue el próximo «tornaren a fer» la condena solo pueda ser leve). Y 3. Irnos preparando para la nueva-normalidad de referéndums de separación (¡no les llamen de autodeterminación!).

Fue una congregación (de gentes en busca de alguna sombra) contra la quimera del independentista imaginario, de esa víctima sediciosa que no quería ninguna independencia. ¡No quería…! ¡Ya! Pero se vio obligado a reclamarla, contra la convivencia y contra la ley, como lógica reacción a la opresión que sufría acosado por la «aspiradora» de la derecha, del centralismo y de Madrit. Tuvo que hacerlo y lo volverá a hacer cuando toque. El truco que nos ofrecen es que no tocará mientras siga en el Gobierno la apropiada coalición de izquierdas y separatismo.

Frente a la quimera de independentismo vegano que hoy conviene al Gobierno de Sánchez, allí estuvimos para reclamar que se respete el criterio unánime del tribunal sentenciador (nada menos que el Tribunal Supremo), que coincide con el criterio de la Fiscalía, y que coincidía también con el del presidente del Gobierno antes de que su supervivencia en La Moncloa le exigiera tan audaz trasluchada de criterio.

Él ha optado por la quimera (por ‘aquello que se propone a la imaginación como posible o verdadero, no siéndolo’) porque en este instante le conviene. Ojalá a los demás esas quimeras (ese ‘monstruo imaginario’…) no nos lleven a la peor quimera (‘pendencia, riña, contienda’). Ni a ninguna quimera ni al colapso moral: el colapso al que lleva vivir entre quimeras.

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