Jordi Bernal

Voces

«Sin la contribución de la cobardía social (así como de la ingenuidad de cierta izquierda paleolítica) la violencia nacida en el País Vasco, pero extendida a toda España, no hubiera podido durar tantos años»

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Foto: Bob Donnan| AP
Jordi Bernal

Jordi Bernal

Periodista a su pesar y merodeador de librerías y cines. Autor del libro de crónicas Viajando con ciutadans (Ed. Triacastela, 2015)

Iñaki Arteta indagó con el documental 1980 en la enloquecido espiral de violencia a partir del recuerdo de las víctimas, el testimonio de familiares y su sufrimiento largamente silenciado. Ya en Voces sin libertadTrece entre mil y El infierno vasco, el realizador había dado voz a los que padecieron el azote de los terroristas. Sin embargo, en esta ocasión, incidió en la connivencia de todos aquellos que callaron, acataron, minimizaron, encubrieron e incluso colaboraron como soplones con ETA. Y es en la focalización del colaboracionismo (tanto activo como por omisión) donde 1980  alcanza su dureza más necesaria, puesto que recuerda con pertinencia que sin la contribución de la cobardía social (así como de la ingenuidad de cierta izquierda paleolítica) la violencia nacida en el País Vasco, pero extendida a toda España, no hubiera podido durar tantos años.

Para ahondar en la tesis de una sociedad miedosa y manipulada hasta el extremo de la alienación (como siempre sucede cuando el nacionalismo impregna los fundamentos de la colectividad) Arteta contrapuso imágenes de la época (con un sonriente y brioso Georgie Dann) a los fotogramas de una multitudinaria visita de Franco a Bilbao. Una España, pues, que, con paso dubitativo, abandonaba la grisura tiritante para instalarse en un cálido paisaje colorista con ciertas pinceladas naïf. Pero de aquel franquismo todavía pervivía la rémora terrorista y con ella todo el arsenal estratégico propio de los totalitarismos: la creación de una red de complicidades en el seno de la sociedad vasca, la instigación del miedo y de la sospecha (ese “algo habrá hecho” susurrado después de un asesinato) , la manipulación de la historia, el odio al otro, al distinto, al enemigo, a quien, por otra parte, tal y como apuntó el filólogo Victor Klemperer a propósito del nazismo, se le deshumaniza a través del lenguaje.

Aunque no alcance el calado de Arteta, la serie documental El desafío: ETA también devuelve voz a las víctimas pero, en este caso, inserta en una polifonía testimonial que va de la oficialidad política hasta los colaboradores necesarios del terror. No hay, sin embargo, equidistancia en la propuesta narrativa de la serie, pues a lo largo de los ocho capítulos cada uno queda como lo que es, o más bien como lo que fue. Un repaso comedido que devuelve a la retina imágenes dolorosas que más para mal que para bien nos han acompañado a lo largo de demasiados años. En contra de los asesinos, después del visionado de la serie podemos decir al menos que no en todo vamos a peor como sociedad. 

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