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Juan Claudio de Ramón

Voces en el aire

«Es posible que los políticos tengan buenas razones para espantar de su vera a los intelectuales. A los intelectuales, pero no a las ideas»

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Voces en el aire

QUIQUE GARCIA | EFE

A zaga de la destitución de Cayetana Álvarez de Toledo como portavoz parlamentaria del Partido Popular se debate sobre el papel de las ideas en la política democrática. Según la opinión más vulgar: estorban. Según una opinión más matizada: importan, pero no ganan elecciones (mejor munición son consignas y eslóganes). En algunos análisis las ideas se asimilan a los principios: un político no puede permitirse tener demasiados. Lo sostenían Alfonso Galindo y Enrique Ujaldón en una reciente tribuna en El Mundo: en su pericia, Álvarez de Toledo iba sobrada de una weberiana ética de las convicciones, desatenta a las consecuencias prácticas de su rebeldía contra el vano argumentario. El razonamiento capota: supone no haber prestado oídos a la propia interesada, que siempre ha defendido que, en la actual coyuntura, ética de los principios y de la responsabilidad están alineadas. «Lo moral es lo eficaz», le gusta repetir a la todavía diputada del PP: lo electoralmente eficaz, hay que entender. Piénsese lo que se quiera sobre sus ideas: Álvarez de Toledo no las defendía al precio de perder elecciones, sino en el convencimiento de que era la mejor forma para su partido de ganarlas.

Volvamos al tema. Es posible que los políticos tengan buenas razones para espantar de su vera a los intelectuales. A los intelectuales, pero no a las ideas. Ideas genéricas sobre la vida en comunidad, e ideas concretas sobre sus países y sobre los asuntos que dividen a su opinión pública. Ideas, por otro lado, siempre se tienen. Pueden ser aprendidas y propias o un ignorado facsímil de las ajenas. Vale aquí la famosa advertencia de Keynes al final de la Teoría General, que merece ser citada en formato más extenso de lo habitual: «Las ideas de los economistas y filósofos políticos, tanto cuando son correctas como erróneas, tienen más poder de lo que comúnmente se entiende. De hecho, el mundo está dominado por ellas. Los hombres prácticos que se creen exentos de cualquier influencia intelectual son usualmente esclavos de algún economista difunto. Locos con autoridad, que escuchan voces en el aire, destilan su histeria de algún escritorzuelo académico de unos años antes. Estoy seguro que el poder de los intereses creados es vastamente exagerado cuando se lo compara con el gradual avance de las ideas […] Tarde o temprano, son las ideas, y no los intereses, las que son peligrosas para bien o para mal».

Ataquemos el problema de otro modo: ¿cómo traducir al español esa pareja tan usadera del inglés que distingue las venerables policies de las despreciables politics? Para policies decimos normalmente «políticas públicas». ¿No cabría traducirlo también por «gobierno» o «administración»? Una cosa sería así el gobierno y otra la política, esa cainita lucha por llegar a gobernar que a duras penas acepta someterse a reglas. La política no es, como a veces se dice pacatamente, «resolver los problemas de la gente»: eso, en el mejor de los casos, es ocupación de los gobiernos, cuya actividad en Europa, tras un largo proceso de aprendizaje, está largamente protocolizada. Al PP le gustaría que la política consistiese solo en aquello que está protocolizado y por lo mismo solo es susceptible de «gestión». Pero precisamente porque esos asuntos no permiten a los partidos distinguirse, la política se ha desplazado por entero de las policies a las politics. Esto es, la ínclita guerra cultural. Entiendo la aversión: es insoportable. Pero una vez un tema, por artificiosamente que haya sido introducido en al conversación pública, domina las pasiones de un país es inevitable pronunciarse. Esos temas no protocolizados y que no se pueden meramente «gestionar» son en España la memoria histórica, la distribución territorial del poder, la cuestión nacional y la agenda del nuevo feminismo. No se adivina cómo, renunciando a tener una posición reconocible en estos debates –y que, marcando un límite al adversario, sirva también para un deseable armisticio–, puede el PP volver a atraer a un electorado que lleva décadas escuchando «voces en el aire» y siempre las mismas.

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