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Volar ligero

Foto: Chuttersnap | Unsplash

Dos maletas de mano, una madre, dos niños -uno de ellos asmático- y una abuela de 81 años. El reto consiste en meter dos meses de ropa, medicinas y cremas, jarabes y ventolines, gabardinas -que vamos a un país de lluvia-, comida para el viaje, bolsos y documentos, dos ordenadores, tres tablets y alguna cosa más, en dos maletas de mano. No es un reto difícil, porque llevo más de veinte años aligerando equipaje.

Hace 24 años que realicé mi primer viaje a Brighton. Era un mundo, mi mundo, muy distinto. Un remoto tiempo en el que era jovencísima, delgadísima, tenía docenas de preciosos vestidos, estaba enamorada y todo era posible. Todo. Las fiestas, la playa, las cenas, los conciertos, los pubs y las discotecas. El amor, el desamor, el llanto, la risa, conseguir un trabajo o no conseguirlo. Ropa para cualquier esperanza y cualquier decepción. En Brighton iba a encontrarme con mi novio. Bueno, en realidad, en Gatwick, que es el aeropuerto donde George iría a recogerme con el coche. Me besó y fui feliz. Tan feliz que no sé si rodaba yo o rodaba la pesada maleta. Feliz, feliz de llegar a los brazos del hombre con el que aún no sabía que acabaría compartiendo media vida, pero arrastrando una maleta enorme de inseguridades.

Según pasaron los años, reduje equipaje y aún más todavía cuando tuve que empezar a viajar yo sola con los niños. Gestionar la gincana de un aeropuerto con niños te hace apreciar la ligereza de esos ejecutivos que arrastran una cosa minúscula en la que llevan muda y pijama y que caminan con paso de pasodoble, perdiéndose en la distancia antes de que a ti te dé tiempo a meter los chupetes en el bolso. Cualquier madre sola con dos niños pequeños en un aeropuerto recibe miradas de odio, fascinación, admiración y poca empatía. A la madre sola con dos niños le pasan cosas absurdas, como el día en que ya a punto de salir el avión nos paró un policía en el control de pasaportes y me dijo que no nos dejaban viajar porque yo no llevaba autorización del marido. “Pero si está muerto”, le dije al agente. “Tenga, agente, el libro de familia, el certificado de defunción…” “Pues que lo diga un juez”, me soltó el muchacho. El agente -errado como pocos agentes han estado errados en su vida- nos mandó hacer un periplo épico hasta la T4 en busca de unos pasaportes de emergencia que resultaron ser una aventura aleccionadora.

Si es difícil entrar en un aeropuerto con dos maletas y dos niños, no les digo lo difícil que es salir una vez que ya has pasado todos los controles para cambiar de terminal. Los aeropuertos están pensados para entrar, como la vida, que no se puede recorrer al revés. Me sentía como los salmones, remontando los rápidos, rodeada de osos pardos, a contracorriente, con dos salmoncillos que no entienden nada, agarrados de mis aletas. Pero se solucionó la cosa y viajamos y los hijos tuvieron la suerte de montar en el coche patrulla que nos llevó a toda velocidad desde la T4 hasta la T1, atravesando por las pistas para que alcanzáramos el avión in extremis, como en las películas de amor. Fue sentarnos, suspirar y despegar.

Pero no había ese amor del primer viaje en el destino, ya no nos recibe y nos besa. Ya no hay eso que parece tan tonto y tan fácil y que nos rodea por todas partes en los aeropuertos. Madres y padres, hijos y padres, padres e hijos. No hay padre.

Semanas después, ya en el avión de vuelta, les andaba contando un cuento a los niños, para que se calmaran y no empezasen a gritar, porque lo habitual de los aviones y los niños, es que no se entiendan. El pasajero de delante, que a buen seguro había facturado una densa maleta cargada de ilusiones muy frustradas  -a la vuelta sí que pesan las maletas-, me dijo:

-Señora, me está molestando con su cuento de los tres cerditos.

-Lo siento, es para que no se pongan pesados.

-Pues la próxima vez que viaje que venga su marido y que la ayude.

-Uy, nada me gustaría más, pero está muerto.

Toma, por bocazas. Qué cara se le quedó. Oigan todos, si ven a una señora sola, con niños, ayuden, no abronquen, denle el beneficio de todas las dudas. Y sobre todo, si no quieren molestias, viajen en primera clase.

Sí, murió. Muere siempre en mis viajes, porque no me va a buscar al aeropuerto cargado de amor, ni hace rodar una de las dos maletas, ni me coge la bolsa de mano para echársela al hombro, ni carga con un niño cansado. Está muerto y como buen muerto que es, sale de mi cartera en forma de burocracia cuando la policía me para por sospechosa de secuestro infantil. Murió, pero todo se pasa, no estamos tristes, los niños cambian de etapa, dejan la infancia gritona, ya no discuten, comprenden, ayudan y aportan. Pero yo sigo reduciendo la maleta, como esos pioneros de los viajes en globo que arrojaron hasta la ropa que llevaban puesta para lograr cruzar el Canal de la Mancha y llegaron a Francia en pelotas. Aligero equipaje, cada día, cada minuto, porque desde aquel primer viaje hacia la ilusión de un nuevo amor, hasta este viaje que hago ahora, veinticuatro años después, con una madre anciana y dos hijos bien grandes, he aprendido que las esperanzas y las ilusiones son ellos, los niños, y que hoy nada me pesa para volar, nada me pesa y viajo ligero, porque las maletas no las llena la necesidad, las llena la incertidumbre.

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