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Volvemos al suicidio colectivo

Foto: Lajos Soos | MTI via AP

El consenso -concepto de gran prestigio hace 40 años, cuando con cándido entusiasmo se pergeñaba la Constitución- plantó la semilla de la destrucción hoy en curso de la democracia y de la propia nación española, al entregarse la educación y los medios públicos de comunicación a grupos separatistas en Cataluña y el País Vasco. En cambio, ha sido la tecnología moderna de internet la que ha puesto en marcha la posible destrucción desde dentro de la democracia norteamericana al llevar al poder a Donald Trump, hoy empeñado en deslegitimar, no ya la prensa, sino las propias instituciones de Estados Unidos, desde el FBI hasta los tribunales.

No son sino dos de las múltiples crisis graves de regímenes democráticos en un ‘mundo libre’ -¿recuerdan ese apelativo de tiempos de la guerra fría- en franca regresión. En las dos se repiten ciertos temas, como las leyes electorales desequilibradas que otorgan un poder desmesurado a ciertas minorías o que propulsan a la Presidencia a un candidato claramente vencido en el voto popular. Y en las dos el crecimiento del populismo y del nacionalismo es evidente e inquietante, como lo son esas dos lacras -juntas o por separado- en Italia, Polonia, Gran Bretaña, Hungría…

No se sabe qué es peor, sin embargo: si el desprestigio de las instituciones causado casi exclusivamente por las mentiras machaconamente propagadas en Estados Unidos, o el desprestigio de las instituciones nacido de esas propias instituciones y de sus ocupantes, los partidos convertidos en pingües negocios basados en la corrupción, como es el caso de España.

Por lo visto hasta ahora, lo peor es lo nuestro. Aunque la pugna entre la Justicia y Trump no vaya a apartarle del poder -sólo se le ven posibilidades a un ‘impeachment’ o condena parlamentaria en el Congreso, y una mayoría de dos tercios en el Senado parece bastante ilusoria-, la respuesta de las instituciones es sin duda lo suficientemente vigorosa como para asegurar su pervivencia más allá del cuatrienio del actual presidente. Pero en España los dos grandes partidos están tan podridos por dentro, según comprobamos cada día, que el propio entramado constitucional queda en entredicho y las futuras mayorías en el poder se presentan más que problemáticas. No digamos si se confirma que los atisbos de enfrentamiento social violento de los últimos días en Cataluña forman parte de una estrategia separatista para forzar una intervención internacional. Las señales que siguen enviándoles los tribunales belgas y alemanes deben ser alentadoras para ellos.

Hace tres cuartos de siglo pensamos que el horror de las guerras -la nuestra y la mundial- sería una vacuna definitiva para el mundo civilizado. No hay vacunas definitivas. Las pulsiones suicidas han vuelto, y no todas van a ser vencidas.

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