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"Una España federal es lo más opuesto a una España rota"

Hay dos tipos de personas: las que hacen del asueto navideño un entreacto de virtud y recogimiento (como debe ser) y las que se entregan a una bullanga de incontinencia y comilonas. Yo, que pertenezco al segundo grupo, me las he arreglado para intercalar entre luengas siestas y compunciones dispépticas alguna que otra lecturilla, de manera que mi plan ha sido más o menos este: comer, dormir y leer a Francisco Pi i Margall. 

Escrito en 1877, solo tres años después del fracaso de la República Federal, Las nacionalidades (Akal) contiene alguna enseñanza para el presente. A su juicio, solo un federalismo vigoroso podía servir de fuerza aglutinadora de un demos que nadie había pugnado por construir. El principio federativo, por decirlo con Proudhon, no sería disgregador, sino fortalecedor. 

Bueno es recordar / las palabras viejas / que han de volver a sonar... Aunque "federalismo” sea hoy un sobadísimo flatus vocis que nada significa, la “federación pactada” de Pi i Margall es una suerte de jacobinismo repartido en gracia de una responsabilidad común. Resulta muy elocuente que los enemigos más enconados del político barcelonés fueran los cantonalistas. ¿Qué tendría hoy de federal una secesión de Cataluña? Esta supondría, como supuso entonces la decisión de los anarquistas de Cartagena de romper amarras con el gobierno central, una traición al espíritu federal, que etimológicamente (foedus) deriva de la confianza mutua (fides). 


Una España federal es lo más opuesto a una España rota. Excluir el uso vehicular de una lengua cooficial so pretexto de asegurar derechos” -si se agita mucho, cualquier señuelo sirve-, no es federal; abandonar a los castelloparlantes en el turbión etnolingüístico de un sol poble”, tampoco. Respecto a quienes tratan de confiarlo todo a la descentralización, empecinados en que el poder local es bueno per se, Pi es tajante: No considero impecables las provincias ni los pueblos; creo que, autónomos, tendran sus extralimitaciones y sus extravíos”. Se trata, en resumidas cuentas, de que los diversos poderes funcionen entre sí “de antemural y contrapeso”.

¿Por qué Córdoba seguía midiendo la tierra en aranzadas, Alicante en jornales, Barcelona en mujadas, Madrid en fanegas, Zaragoza en cuartales o Valencia en cahizadas? Estados Unidos había unificado sus medidas nada más confederarse. ¡Hasta los pueblos del Peloponeso, en plena Edad Antigua, lo habían logrado sin padecimientos! La respuesta, a juicio del autor, era obvia: toda reforma que derivase exclusivamente del poder central sería lenta y difícil. Y en España, a diferencia de otros países, los descuidos y negligencias de la administración no podía ser compensados por las provincias, pues el férreo poder centrípeto a que se uncía el país lo hacía imposible. 

Yerran quienes toman a este autor por pájaro de corto vuelo: aunque su prosa sea en ocasiones algo plúmbea, sus ideas rayan alto. Para colmo, tenía razón al señalar que el gran peligro para España no era el federalismo, sino el foralismo y el cantonalismo, de un lado, y la pulsión centralista, de otro. Puestos a oponer -y no meramente imponer- un proyecto común, ¿no debería ir animado por este principio federativo? Reza el utílogo de Las nacionalidades que, cuando se vence por la fuerza, es fácil perder el cetro que se empuñaba en la victoria. Téngalo en cuenta todo aquel que, como quien esto firma, se considera constitucionalista, o quien sencillamente se preocupa por el país.


En este video, Jorge Freire habla de los 'Escritos' de Marcel Duchamp, reunidos por la editorial Galaxia Guttemberg, y de la importancia del artista francés para comprender el arte del siglo 20.

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