Juan Claudio de Ramón

Volver de Roma

«Cuando le preguntaron por el plazo razonable que el viajero debe darse para visitar Roma, la respuesta del gran medievalista alemán Ferdinand Gregorovius fue encogerse de hombros: 'Yo solo llevo aquí treinta años'».

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Juan Claudio de Ramón

Juan Claudio de Ramón

Se licenció en derecho y en filosofía. Su máxima aspiración es alcanzar el ideal de tertuliano propuesto por Catón el Viejo: vir bonus dicendi peritus; un hombre honesto que sabe hablar.

Cuando le preguntaron por el plazo razonable que el viajero debe darse para visitar Roma, la respuesta del gran medievalista alemán Ferdinand Gregorovius fue encogerse de hombros: «Yo solo llevo aquí treinta años». Más práctico, Silvio Negro, legendario cronista de la ciudad, estableció una gradación en función de las necesidades de cada uno: «Para decir que se ha estado, tres días; para conocerla, un mes; luego hay un tipo de persona a quien no le basta una vida». Por mi parte, han sido cinco los años en que he vivido aquí. Al principio me vedé la frívola tentación de escribir sobre la ciudad. Pensaba así precaverme del ridículo de descubrir un mediterráneo en cada costanilla o plazuela, iglesia o museo, en esta ciudad mirada y remirada, que el mundo se sabe de pe a pa. Mi falta de valor ocultaba también algo de esnobismo: me resistía a ser parte en el manido guion en que Roma hace de ciudad más fascinante del planeta y yo el de joven fanático de la cultura, azotacalles intelectual, obsesionado por descubrirla.

El empeño ha sido inútil, claro. El ordenador desde el que escribo almacena ya un número creciente de cuartillas en las que intento hacer lo mismo que cientos de miles antes que yo: poner esta ciudad, arca de Noé de todas las historias, en palabras. La obsesión (no cabe llamarla de otro modo) ha ido en aumento. Como un niño excitadísimo porque le han dejado solo en el viejo desván familiar, he saltado de una colina a otra (que no son siete, sino doce según mi cuenta) impelido por un dramatis personae sin final aparente. En la mirada conviven las ciudades sucesivas, dándose codazos a menudo poco armónicos, en el lugar que Rafael Alberti llamó «madre de todos los ruidos». La Roma de los emperadores, sobre cuyas ruinas se vivaquea todavía; la Roma de los papas, que recuperó el dominio del mundo amontonando capas de mármol en iglesias y palacios; la Roma fascista y su gélida geometría racionalista; la Roma de la periferia, el genuino centro de la ciudad donde viven los romanos; la perdida Roma medieval, aldea infecta donde los restos de la grandeza brotan como dientes rotos de la tierra; la desahuciada Roma judía; la Roma nacionalista de la Unità, que intentó ser París y fracasó; o la Roma de la Dolce Vita, capital por unos años de la mundanidad internacional. La Roma urbi y la Roma orbe, la terránea y la subterránea, la profana y la sacra: me la he querido tragar entera y el engullido he sido yo en las arenas nemotécnicas de una ciudad que contradice la común experiencia de que la flecha del tiempo solo puede avanzar en una dirección.

Ahora me voy y, si debo resumir en una sola frase lo que siento, sería de este modo: que vuelvo a la capital de mi país y me voy de la capital de mi mundo. Pero así es y así ha de ser, en esta ciudad que dicen eterna, donde los demás estamos de paso.

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