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Foto: Sony Pictures Classics

Gardel insiste en lo de que “es un soplo la vida” pero yo no sé qué está diciendo, la vida pesa un quintal y cómo volver tras este estío, si en realidad nunca te fuiste del todo. O qué. Se nos va yendo agosto y los días se acortan como aquellas velas del Zara Home, pero sin el olor a vainilla y minimalismo: qué bien huele siempre en estas tiendas.

Se me va el verano con esa sensación de que todavía no, de que esto no había terminado (¡todavía no!); un poco como el final de Los Soprano, los benditos guisantes lágrima o la primera -y la última- vez que te han dejado: ¿ya está?, ¿cómo que ya está? Es un soplo la vida pero yo no quiero prescindir de estas tardes tibias de verano, de las siestas piel con (tu) piel ni del pañuelo de seda al cuello; no imagino ya la existencia sin el segundo café en la terraza, tantos libros por leer y sin el baño a media mañana como única terapia contra el sudor.

Las sobremesas bajo los árboles (qué maravillosa película la de Guadagnino, eh), los paseos sin prisa en bicicleta y las resacas también los martes; especialmente los martes. La patria de nuestra desnudez, aquella terraza frente al mar y todos los colores de esta vida asalvajada y lenta. Creo que fue Camilo José Cela quien decía que en otoño amarillecen los perros. Y la vida, también.

 

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