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Votar contra Trump; votar contra Hillary

Estados Unidos decide mañana quién no será su presidente los próximos cuatro años. Las presidenciales de 2016 arrojarán un perdedor, más que un ganador, porque ninguno de los principales candidatos entusiasma a una parroquia capaz de decantar la balanza por sí misma. En ausencia de proyectos embriagadores, será otro el factor decisivo: qué opción despierta más recelo; quién de los dos, Hillary o Trump, resulta más irritante para una mayoría.

El fenómeno Trump trae de cabeza a políticos, expertos, periodistas y poderes fácticos de Occidente, estupefactos -“en vilo”- ante la posibilidad de que pueda vencer un hombre imprevisible cuyo discurso aparece revestido de consignas xenófobas, misóginas, supremacistas, autoritarias. Su auge se enmarca dentro de la ola de populismos que sacude el mundo desarrollado cabalgando la crisis de representatividad aflorada los últimos años. Trump es una desviación chabacana del Tea Party, un tipo que genera adhesiones porque, como señaló Eastwood, “simplemente dice lo que piensa”. En la era de la posverdad, importa más esa apariencia de autenticidad que el mensaje en sí. El cabeza de cartel republicano da carpetazo definitivo a aquel mandamiento orteguiano: “O se hace literatura, o se hace precisión, o se calla uno”.

Estamos ante una alternativa clara y reconocible al orden establecido, un provocador ariete contra el establishment. Por eso ganó la nominación republicana frente a senadores y gobernadores de larga trayectoria y por eso está a un paso de convertirse en el primer presidente de Estados Unidos sin experiencia previa en la gestión pública desde Eisenhower.

Enfrente tiene a Clinton, inmejorable representación de aquello contra lo que se erige Trump y que a tantos ciudadanos solivianta. Pura ‘casta’ neoyorquina, mujer que lleva quinquenios en puestos de poder y que ya habitó durante ocho años la Casa Blanca, como First Lady de un presidente denostado por el izquierdismo rupturista. Ahí está Zizek, filósofo neomarxista por antonomasia, afirmando que él votaría a Trump porque se le antoja el camino más corto hacia la fractura de las “normas no escritas” que en la sociedad occidental establecen “cómo funciona la política y cómo se construyen los consensos”. El fin justificando los medios, los extremos que se tocan, la transversalidad del populismo.

Clinton arrastrará al vector pragmático de la sociedad, a la mayoría de las franjas acomodadas y a los que tienen pavor a la victoria de Trump. El voto del miedo, junto a los puertorriqueños de Florida, puede ser el que resuelva esta batalla que mantiene ojiplático al mundo entero y que trae a la mente el vaticinio hecho por Lipovetsky para nuestro tiempo: “El siglo XXI será ético o no será”. Trump contra Hillary; Hillary contra Trump. ¿Quién perderá?

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