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Vox: efectos secundarios

Foto: JON NAZCA | Reuters

La irrupción de Podemos en 2014 hizo tambalear el escenario político español. El programa que presentaron a las elecciones al Parlamento Europeo incluía algunas medidas que sembraron cierta inquietud, sobre todo cuando en algunas encuestas posteriores aparecieron como ganadores de las elecciones generales. Es evidente que el poder ha domesticado a Podemos y el tiempo ha desinflado su momento y menguado su influencia, y quizá ese sea el futuro de Vox. Pero también es cierto que Podemos desconcertó al PSOE y acomplejó a un Pedro Sánchez que temía no ser suficientemente de izquierdas. Esto le condujo, entre otras cosas, a presentarse sin corbata en una gala a la que Pablo Iglesias acudió de esmoquin. Recuerdo esta anécdota para remarcar que los partidos extremistas infunden un complejo injusto en los moderados. Abascal llamó al PP “derechita acomplejada”, epíteto muy reminiscente de las palabras que Iglesias le dedicaba a Sánchez durante aquellos años. Ahora que Vox ha adquirido presencia institucional y gana peso mediático, Ciudadanos y el Partido Popular deben cuidarse de no caer en esa trampa. Los extremistas suelen presentarse como versiones puras de una ideología, infiriendo que quien no comparte sus postulados es necesariamente un cobarde o un acomplejado. No es así, extremista no quiere decir no-acomplejado. Los efectos secundarios que tendrá la presencia de Vox en el Partido Popular o en Ciudadanos son inciertos, pero no deben dejarse vencer por el vértigo de la radicalidad.

Por su parte, Podemos ha recibido la irrupción de Vox arengando a sus fieles a formar un frente antifascista en las calles. Más allá de la hipérbole, esto es muy revelador de lo que realmente opinaban en Podemos sobre Ciudadanos y el Partido Popular. Si esta es la reacción que tienen ante la presencia de Vox, cabe suponer que nunca pensaron que aquellos fueran realmente la encarnación del franquismo o una extrema derecha lepenista, como tantas veces repitieron. Y es que para Podemos, el fascismo no es más que una experiencia imaginada, un temor cuasi religioso que se profetiza como una plaga bíblica, pero sin ejercer una verdadera oposición ideológica. El fascismo como pesadilla distópica adquirió más presencia en su discurso que la utopía comunista. Pero ahora que en Andalucía el verbo se ha hecho carne, toca abandonar la retórica asamblearia y recuperar la seriedad. Además, si el temor a Vox es real, debe ser porque en España hay algo que defender después de todo. Quizá otro efecto secundario de la desgraciada aparición de Vox sea que Podemos descubra que la derecha española no era extrema, y que el denostado régimen del 78 es garante de una serie de libertades que merece la pena proteger. Es una lástima que por una revelación tan sencilla se haya pagado un precio tan caro.

Con un partido radical más en el tablero político, la precisión terminológica, el rigor discursivo y el respeto al adversario se hacen aún más imperativos.

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