Patricia F. de Lis

¿Y a mí qué me importa Marte?

671 millones de dólares costará la nueva misión de la NASA a Marte. ¿Y eso cuánto dinero es? ¿Es un derroche, o una inversión justificada?

Opinión

¿Y a mí qué me importa Marte?

671 millones de dólares costará la nueva misión de la NASA a Marte. ¿Y eso cuánto dinero es? ¿Es un derroche, o una inversión justificada?

671 millones de dólares costará la nueva misión de la NASA a Marte, según nos informa el pie de la foto que ilustra el despegue de la misión. ¿Y eso cuánto dinero es? ¿Es un derroche, o una inversión justificada? Para el columnista de ‘La Razón’ Alfonso Ussía, probablemente sea lo primero. “¿Para qué sirve Marte?, me pregunto. Para nada, me respondo. Neil Armstrong acaba de cumplir 82 años, y todavía nadie se ha aventurado a explicar los beneficios que la humanidad ha recibido de la luna”, escribía el mes de agosto del año pasado, cuando el ‘Curiosity’ pisaba el planeta rojo, con esa arrogancia ignorante que mostramos los de letras hacia la ciencia, y que a un científico nunca se le permitiría al hablar de una obra de arte o una novela.

Una monja misionera llamada Mary Jucunda escribió en los años 70 una carta abierta a uno de los directores de un centro de la NASA, Ernst Stuhlinger, en la que se quejaba de que se gastara dinero en misiones a Marte cuando en África morían niños de hambre. La respuesta de Stuhlinger, que les invito a buscar, es un prodigio de sensatez y sensibilidad. Para empezar, explicaba, de cada 10.000 dólares que pagan los estadounidenses en impuestos solo 30 van a misiones espaciales. Pero, además, la ciencia espacial no solo se emplea en el espacio: de la NASA han salido más de mil inventos, como el implante coclear, la bomba de insulina, o los filtros para depurar agua que no solo se emplean en la estación espacial internacional, sino también en muchos pequeños pueblos del África rural. Y, además, los satélites se emplean en mejorar las cosechas y la gestión de la agricultura lo que, en última instancia, debería ayudar a solucionar el problema más que a ponerle parches, que es a lo que se dedica la iglesia a la que pertenecía Jucunda.

“El viaje a Marte no será, ciertamente, una fuente directa de alimentos para los hambrientos. No obstante, conducirá a tantos nuevos procesos tecnológicos que los subproductos de este proyecto, por sí solos, valdrán muchas veces más que el coste de su implementación”, decía Stuhlinger. Y por eso importa Marte y, en última instancia, la inversión en ciencia básica. Son 671 millones que no sólo nos ayudarán a saber más sobre el universo que nos rodea. De ésta y otras misiones surgirán inventos, tecnologías y desarrollos que ahora solo nos atrevemos a soñar.

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