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Y para eso sirve un profesor de griego

Foto: Andrew Medichini | AP

Esta mañana, mis hijos y yo, de camino al colegio, pasábamos por delante de las obras de un inmenso polideportivo en construcción que lleva en esqueleto varios años. La mastodóntica obra municipal quedó paralizada por la crisis, pero desde hace unos meses los trabajos se han reanudado. Una cuadrilla de esforzados obreros va cubriendo aguas de los pabellones abiertos a la intemperie. Los niños, en el coche, comentaron el asunto. Dijo el de 10 años:

-Qué prisa se han dado con esos edificios. Casi todos tienen tejado.

A lo que respondió el niño de 8 años:

-Menos el coliseo, que sigue siendo una ruina.

Mi hijo mayor y yo entendimos que el coliseo al que se refería el pequeño era un graderío de cemento, a medio terminar, y reímos ante la visión de aquella metáfora-ruina de la economía actual. Era, efectivamente, como un coliseo moderno, pero en forma rectangular, y sentí mucho placer al ver el chispazo que une a un niño tan moderno con la Roma antigua.

Mientras me adentraba en el atasco, mis hijos se durmieron y pensé en mi antepasado Lázaro Bardón. Me pregunté si el hijo amante de las palabras nos saldría también amante de la Grecia clásica, como su tátara-tátara-tío y me dispuse a contarles su historia.

Don Lázaro Bardón Gómez nacío el 9 de junio de 1817 y murió un día después, el 10, pero 80 años más tarde. Este Bardón liberal, senador por León y catedrático de Griego en Salamanca y en Madrid, llegó a ser rector de la Universidad Central, como se llamaba originalmente la Complutense, y fue profesor -ahí es nada- de Menéndez Pelayo, Clarín, Unamuno, José Rizal, Manuel B. Cossío, Rodríguez Marín o José Canalejas.

Pero lo mejor de este hombre es que, además de ser un profesor helenista de los que no se olvidan, -lleno de manías y anecdotario, el tío- mi tátara-tío se empeñó en editar su propio manual para la enseñanza del griego. Yo me supongo que los libros de texto de su época le cabreaban a él tanto como a mí los de mis hijos, porque más de una vez he sentido el impulso de editar mi propio manual para enseñarles lengua, geografía o historia.

Está claro que los tiempos nunca cambian. El griego siempre ha sido esa rareza culta, que pocos aprecian, así que don Lázaro se las vio y se las deseó para sacar a la luz su gramática. Lo intentó por la vía oficial, por la vía universitaria, pero todos sus esfuerzos eran frustrados por la burocracia o por la tecnología, como pasa con los pioneros de cualquier cosa cultural.

Su principal problema era que en España no había tipos de imprenta en griego, así que él mismo se encargó de hacerlos traer desde el extranjero. Pero claro, los cajistas españoles no leían griego, y las primeras pruebas de su gramática fueron un desastre de erratas por doquier. Don Lázaro no se arredró y cabezota, como somos los Bardón, se obsesionó con el asunto y se dijo: pues me hago cajista. Se agenció una imprenta portátil y la instaló en su casa. Era una máquina modernísima y carísima, solo había dos en todo el país y la otra estaba en la Imprenta Nacional. Por cierto, que la había inventado sin éxito comercial un genio de la época llamado Cosme García Saéz, el primer español que diseñó un submarino.

Con esta imprenta portátil, don Lázaro compuso él mismo el librito en su casa, trabajando obsesivamente por las noches. El manual, Lectiones Graecae, es la primera gramática contemporánea de griego editada en España y se convirtió en objeto codiciado por su rareza, aunque pronto quedó obsoleto. Si eres helenista y tienes una en tus estanterías, te alegrará mucho saber que vale un dinerín.

Al llegar a casa, me puse a leer algunos fragmentos de su librito Viaje a Egipto con motivo de la inauguración del Canal de Suez: “Así marchando entre esperanzas y zozobras nos sorprendió en lontananza la vista singular de unos cuantos peñones negros erizados y escuetos (los Capuchinos), que parecían gigantes saliendo del fondo del abismo. En medio de aquella ilusión indefinible llegó la noche y nos encontrábamos a las nueve en el estrecho de Mesina. El colocar un farol a media altura de la antena, pidiendo práctico, y las exquisitas diligencias que se tomaban en todo, nos hicieron comprender que el paso era peligroso. ¡Doucement la machine! gritaba con voz estentórea el capitán desde el puente. ¡Très doucement! ¡Redoucement! Y al fin nos quedamos inmóviles. Algunos momentos después oíamos: ¡veni piloto, veni; non habeate pavura! Entonces creímos distinguir entre el débil reflejo de la luna un punto negro, a lo lejos, en medio de las olas, y llegó a nuestros oídos una chillariza de gritos agudos y en tropel, como riña de gorriones, que poco a poco se iban haciendo más perceptibles. Eran siete u ocho muchachos desarrapados, de doce a quince años, más valientes que el Cid; puesto que en aquel sitio y a aquellas horas llegaron remando con mucha dificultad en una lanchita como cáscara de nuez, hasta prenderse de un cabo que les fue echado desde el buque. Nos hizo agradable impresión oírlos hablar con aquella viveza del gracioso acento siciliano, dándonos buenas nuevas de la salud de Víctor Manuel, que suponíamos muerto del fuerte ataque que le había postrado. Subió el más granado de ellos al puente para dirigir el buque, y media hora después llegábamos cerca de Mesina, despidiéndoles el capitán con tres napoleones de oro (60 francos). ¡Loado sea Dios! Acabábamos de salir indemnes del pavoroso tránsito entre Charybdis y Escyla. En tiempos antiguos inspiraba tal terror este sitio entre los dos escollos, que según la frase de Homero, no se atrevían a pasarlo ni aun las palomas al vuelo”.

El delicioso Viaje a Egypto con motivo de la apertura del canal de Suez, de Lázaro Bardón, está disponible online y es una de esas curiosidades decimonónicas que nos muestran la vida simple, costumbrista, de la historia. Mi tataratío helenista, viajero por obligación, cascarrabias y bigotudo, al que me imagino como una especie de Hercules Poirot académico en el viaje inaugural del Canal de Suez, me transporta a aquel velero en el que crucé el mediterráneo, de isla griega en isla griega, haciéndome sentir parte de la Europa literaria en su misma raíz. Así, cuando mis hijos pregunten: ¿Y para qué sirve el griego? Les diré: para que no se extingan los profesores de griego. Y cuando insistan: ¿Y para qué sirve un profesor de griego?, añadiré: para que el pasado tenga embajadores.

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