Aloma Rodríguez

¿Y tú me lo preguntas?

«Ya se ha dicho muchas veces, a Iglesias no se le puede negar la coherencia, como tampoco se le puede achacar que finja ser algo que no es. Es lo que parece»

Opinión

¿Y tú me lo preguntas?
Foto: Alberto Estevez| EFE
Aloma Rodríguez

Aloma Rodríguez

Licenciada en Filología Hispánica. Ha publicado "París tres", "Jóvenes y guapos", "Solo si te mueves" y "Los idiotas prefieren la montaña", todos en Xordica. Es miembro de la redacción española de Letras Libres y colabora con diferentes medios.

El vicepresidente segundo Pablo Iglesias dio una entrevista en el diario Ara donde decía que «no hay una situación de plena normalidad política y democrática en España cuando, de los líderes de los dos partidos que gobiernan Cataluña, uno está en prisión y el otro en Bruselas». La verdad es que esa declaración no puede sorprender ya a nadie: hace unas semanas Iglesias acudió al programa de televisión Salvados, donde insistió en la condición de exiliado de Carles Puigdemont, para después compararlo con los exiliados republicanos que dejaron España durante la Guerra Civil o tras la victoria del general Franco. Ya se ha dicho muchas veces, a Iglesias no se le puede negar la coherencia, como tampoco se le puede achacar que finja ser algo que no es. Es lo que parece.

No sé si esa capacidad para estar en misa y repicando es una virtud, pero desde luego sí es una anomalía, aunque no a la que se refería él en las declaraciones en el medio catalán en plena campaña electoral. A veces, se les olvida que son el Gobierno. Se les olvida cuando Irene Montero escribe un tuit criticando la política migratoria del Gobierno de España, por ejemplo. Se les olvida cuando critican el encarcelamiento de Pablo Hassel, cuando lo que permite la condena al rapero es la ley mordaza que ambos partidos dijeron que derogarían. La institucionalización que se esperaba que sucediera una vez entraran en el Parlamento no se ha producido: se siguen comportando como si fueran un partido de fuera del sistema, con señalamiento a periodistas y medios, y cebando la polarización.  También es curioso que hable de anormalidad democrática el líder de un partido en el que no hay ni un verso suelto y que ha acabado con cualquier atisbo de disenso interno.

La afirmación de Iglesias viene después de que el ministro de exteriores ruso Serguéi Lavrov aludiera a la situación de los políticos catalanes presos –condenados por delitos de sedición y malversación– tratando de establecer un paralelismo entre ellos y el opositor Navalni. Alinearse con un país de escasa calidad democrática, homófobo y donde los opositores son envenenandos no parece lo más elegante. Pero quizá después de todo Iglesias tenga razón y España sea una anomalía democrática: no sé si hay muchos otros países homologables al nuestro en los que miembros del ejecutivo no solo se dedican a hacer oposición a su propio Gobierno, sino a erosionar y desacreditar las instituciones que se supone que representan y cuyo respeto y salvaguarda debería ser la primera y más importante de sus tareas.

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