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Ya sé lo que es España

Foto: Bonney | AP Photo/Archivo

Me decían España y yo encogía los hombros, asentía sin frenesí, miraba hacia otro lado. Hasta ayer, España era la azarosa geografía en la que vivo, poco más que Cervantes y otros de la misma realeza. Jamás había sentido eso que llaman patriotismo. Nunca, ya digo. Mi padre no es de banderas sino de libros. Hoy las circunstancias trágicas que atravesamos, y peligrosas, o a mejor decir las circunstancias que nos atraviesan, obligan a salir del inmovilismo. Estamos llegando a una situación que no permite la tibieza.

Decide, me dice el periódico.

Decir que España es el país de la incultura, la desmemoria histórica y el fratricidio es un mantra. De hecho, es muy español decirlo. Quejarse de España y ridiculizarnos es pasatiempo muy de aquí, un deporte autóctono. España, dijo Larra, es el país de las anomalías y del chiste fácil sobre la propia España. Tan anómalo es que hace menos de un siglo abonábamos las cunetas con cadáveres de nuestros vecinos y hoy, en lugar de soslayar antiguos desacuerdos que conducen a la navaja, tonteamos con la distancia hasta el fuego. Como el paisaje nuestro, que tan bien captaron los noventayochistas, el contraste vuelve a ser el horizonte. El ambiente se caldea, nos polarizamos. Quien pensara que esto es asunto sólo de Cataluña se equivocaba: la onda expansiva recorre el mapa de la Península como un corrimiento.

Agradezco a las circunstancias, eso sí, el haberme obsequiado con un pequeño patriotismo. Ahora sé lo que es España, creo. Mientras escribo, sospecho que España es este desgarro que al menos yo padezco desde que me levanto y abro los periódicos o se me ocurre mirar las redes; que al hilo de Marías, son el nuevo cadalso donde se ajusticia con faltas de ortografía al primero que discrepa. Me duele España, dijo Unamuno. A mí algo parecido me está sucediendo. Ver tanto capricho nacionalista me ha devuelto las ganas de serlo, o mejor: las ha alumbrado. Este dolor nuevo que me remueve al despertarme se llama España. Supongo. Soy parte, aunque no lo quiera, aunque los de mi generación neguemos con pasotismo la identidad y otras cuestiones por apestar a Caudillo, de un tejido histórico que como un cuerpo se resiente porque está enferma una porción. Como a Unamuno, me duele España. España es el desgarro que me sobreviene al ver la sociedad escindida, pues lo está. Sobre todo al saber que una parte reclama soberanía. El hecho de que me duela, de que el asunto no me sea indiferente, quiere decir que soy parte de ese problema, que por mucho que soslaye las banderas hay una que me cobija. Al fin, puedo decirlo, sé lo que es España.

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