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Opiniones libres de algoritmos

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Ya sólo creo en Lou Reed y en la lucha de clases

Foto: Feliphe Schiarolli | Unsplash

En dos semanas hemos conocido la relación estadística que existe entre la renta familiar, los códigos postales y el absentismo escolar. La conclusión: que ser pobre no es ningún chollo.

Me temo que cuantas más estadísticas tenemos sobre la pobreza, más se nos oculta el pobre de carne y hueso, confirmando así que pobre es aquel a quien nadie ve. Las montañas de datos disponibles no nos permiten decirle a un niño pobre, mirándolo a la cara, que, dado su nivel de renta, sabemos cuál será su nota en matemáticas o su grado de absentismo escolar.

En la maraña estadística perdemos de vista al sujeto ético.

Cuando Barack Obama iniciaba la campaña electoral que lo llevaría a la presidencia de los Estados Unidos, muchos creían que había asumido un reto excesivo para un negro. Pero él defendía precisamente que un negro no puede permitirse el lujo del victimismo. Lo hizo con tanta vehemencia, que el reverendo Jesse Jackson lo acusó de comportarse como un blanco. Obama le replicó que, sean las que sean las condiciones económicas de una familia, el compromiso de un padre con su hijo sólo depende de su voluntad. “Debemos pedir más responsabilidad en Washington”, añadió, “y debemos pedir más responsabilidad a Wall Street, pero hemos de exigirnos también más responsabilidad a nosotros mismos, porque no importa cuánto dinero invertimos en nuestras comunidades, si no incrementamos también nuestro sentido de la responsabilidad. Aquello que nos hace hombres no es la habilidad para tener un hijo, sino el coraje de educarlo.”

“La pobreza condiciona, pero no justifica.” Esto se lo decía yo a un grupo de maestros colombianos que trabajan en condiciones muy precarias. Y añadí: “El fatalismo es una enfermedad de la imaginación.” Cerca de donde nos encontrábamos, en un barrio marginal de Bogotá, había una pintada con este texto: “Cuando se nace pobre, ser estudioso es el mayor acto de rebeldía contra el sistema.”

Dado que la pobreza condiciona, podríamos relacionar la renta familiar, el uso de oraciones subordinadas y el código postal. Descubriríamos que el lenguaje de cada uno es su cultura en acto. Los pobres tienden a hablar con todo el cuerpo y a abusar de interjecciones y frases hechas; mientras que los ricos suelen usar subordinadas y citas cultas. Hay bares en los que la gente se espanta ante un impreso y bares en cuyas barras confraternizan abogados, médicos y arquitectos. Hay plazas en las que el vocabulario habitual no supera las 300 palabras y plazas en las que no baja de las 3000.

Hay zonas, en definitiva, en las que la cultura en acto siempre está en ebullición y zonas en las que languidece.

A nadie se le ocurrirá (esperemos) fomentar la equidad prohibiendo a todo el mundo, sean pobres o ricos, dormir bajo los puentes, mendigar en las calles o robar pan. Pero son muchos los que piden que se prohíba a pobres y ricos hacer deberes escolares en casa, sin darse cuenta de que los ricos no los necesitan, porque siempre están aprendiendo, hagan deberes o no; no se asustan ante los conocimientos nuevos y saben muy bien que cuanto más se domina un tema, con más facilidad se adquieren nuevos conocimientos sobre ese tema.

¿No debiéramos pedir, entonces, más y más conocimientos para los pobres?

Si queremos que los pobres incrementen su capital cultural, nuestra lástima no les va a servir de mucho. Lo que necesitan es más tiempo de instrucción de la mayor calidad posible para que el mundo de más allá de su mundo no les resulte extraño y, por lo mismo, inquietante. Pero es más cómodo ofrecerles lástima y dejarlos después abandonados en la puerta de la escuela.

Los pobres, efectivamente, tienen que esforzarse más que los ricos, pero eso significa que el esfuerzo es para ellos una oportunidad. Y no tienen muchas más.

Tengo un amigo nihilista que me suele repetir que él sólo cree en Lou Reed y en la lucha de clases, pero cada noche le lee a su hijo en la cama durante una hora. Por muy nihilista que se proclame, sabe que el conocimiento es poder.

Los que no encuentre en lo anterior ningún argumento convincente, quizás me acepten uno ad hominem: En la última carta que el Che Guevara escribió a su familia, encontramos este consejo dirigido a sus hijos: “Crezcan como buenos revolucionarios. Estudien mucho.”

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