Daniel Gascón

Yo también soy Elena Ferrante

El periodista italiano Claudio Gatti pensó que había algo extraño en que una traductora literaria ganara dinero. Esa perplejidad es una de las claves de la <strong><a href="https://www.nybooks.com/daily/2016/10/02/elena-ferrante-an-answer/" data-saferedirecturl="https://www.google.com/url?hl=en-GB&amp;q=https://www.nybooks.com/daily/2016/10/02/elena-ferrante-an-answer/&amp;source=gmail&amp;ust=1475701158154000&amp;usg=AFQjCNEw4tfZJlLM9BDrSpRIofLpGSQkpA">investigación</a></strong> que parece haber revelado que Elena Ferrante es la traductora Anita Raja.

Opinión

Yo también soy Elena Ferrante

El periodista italiano Claudio Gatti pensó que había algo extraño en que una traductora literaria ganara dinero. Esa perplejidad es una de las claves de la investigación que parece haber revelado que Elena Ferrante es la traductora Anita Raja.

Las explicaciones de Gatti, justificando sus pesquisas porque Ferrante había dicho que de vez en cuando mentiría, no son convincentes y resultan profundamente antipáticas. Lo que ha hecho es desagradable y un tanto inmoral. Es también periodismo.

Críticos, lectores y periodistas especulaban sobre quién estaba detrás del nombre de la escritora, que ha tenido un gran éxito en varias lenguas. Había algo perturbador: un impulso común en la mayoría de los artistas es el reconocimiento. El mundo contemporáneo potencia la expresión de nuestras opiniones y percepciones. También lo hace el sistema literario: un escritor acompaña a sus libros, las editoriales saben que las entrevistas son más eficaces que las críticas, en las entrevistas los periodistas prefieren preguntarle al autor sobre política.

Adam Kirsch ha escrito en The New York Times que nada invita más las pesquisas que el deseo de intimidad. (Una especie de anonimato funcional es común a muchos escritores: no es deseado y tampoco se considera un éxito.) Según Kirsch, al final siempre se sabe quién está detrás de un seudónimo, y cita el ejemplo de George Eliot, tras quien se escondía Mary Ann Evans. Cuando te remontas en el tiempo las cosas se complican: Friedrich August Wolf se preguntó si Homero era un seudónimo, hay obras fundamentales del Siglo de Oro cuyo autor no conocemos y, pese a los estudios, las teorías y las pistas que da Cervantes, todavía no se sabe quién era en realidad Avellaneda, el firmante del Quijote apócrifo. En los años 90 la novela Lila dice tuvo un gran éxito en Francia. La firmaba Chimo, pero no se sabe bien quién estaba detrás. Chimo fue condenado por plagiar unos extractos de un libro que dos periodistas habían publicado sobre las banlieues (el pago de la multa correspondió a la editorial).

La actitud de Ferrante tiene algo comprensible y casi admirable. Su deseo de anonimato hace pensar en otros momentos: cuando se pensaba en los textos de manera relativamente autónoma. La evidencia en este caso no ha sido filológica: como en un caso de corrupción, lo que ha llevado hasta ella era el rastro del dinero.

Ferrante había conseguido llegar a los lectores, que es lo importante. Por eso tiene interés saber quién es. Nos recuerda la frase de Enrique Vila-Matas: la identidad es una carga pesadísima. Por un lado, uno desearía que el periodista se hubiera equivocado, y que la incógnita continuase. Y, al mismo tiempo, no he leído todavía sus libros, pero tengo más ganas de hacerlo.

A fin de cuentas, yo también soy traductor.

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